La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.
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Si me cortas las alas, me imagino unas más lindas, más hermosas y que me llevan más lejos

Estaba a punto de meterme en la cama cuando escuché tu llave introduciéndose en la cerradura de la puerta de nuestra casa.
Resoplé y rápidamente me colé entre las sábanas de la cama y me hice la dormida para evitar que mi consciencia me exigiera darte esa explicación a la que mi boca se negaba.
Entraste en el dormitorio con sigilo y cuidadosamente te fuiste poniendo el pijama. Renunciaste a lavarte los dientes para no desvelarme.
Luego, me diste un beso en la frente y, pensando que yo no te escuchaba, susurraste:
- Sé que ya no me quieres y que pronto te irás.
A la mañana siguiente, al despertarte, me viste prepando el café. Me sonreiste, te observé en las distancia y en el rencor. De madrugada, yo había intentado escapar pero encontré las cuatro ruedas de mi coche pinchadas.
Sólo lograste retrasar lo que igual tenía que ocurrir. Quizás te tomarás un café más conmigo, pero no lograste sacarme ni una nueva sonrisa. De hecho, sólo conseguiste que justo 28 días después me vinieran a recoger con dos cascos en la mano.
Ahora 12 años después puedo decirte:
no siempre escapo, sólo cuando me obligan a hacerlo.

OBJETOS PERDIDOS (O pequeños disparates)

Fuera del perro, el mejor amigo del hombre es el libro.
Dentro del perro esta demasiado oscuro para leer.
(Groucho Marx).

Blade Runner llevaba unas cuantas jornadas que no me recibìa en la puerta de casa como de costumbre. Ya no me modisqueaba el pantalòn ni me chuperreteaba los tobillos. Al principio no quise inquietarme en exceso, al fin y al cabo mi perro no siempre tenìa que actuar conforme a mis deseos. Si hubiera ansiado que siempre me siguieran la corriente, en lugar de vivir con un perro, compartirìa mi vida con un hombre.
Pasado un par de dìas sì me preocupè sobremanera, ya que mi mascota comenzò a vomitar letras en cursiva y ovejas dimutas (de esas que adornan los belenes) y a emitir pequeñas interjecciones, nunca antes pronunciadas por èl. Llamè al veterinario de urgencia y al dueño de la tienda de "todos a 1 euro". Luego me lancè al coche y con mi platillo volante en diez minutos me plantè en la clìnica.
Tras varias pruebas diagnòsticas y gracias a una camarita que introdujeron por su recto, dieron con su dolencia. En las radiografìas podìa verse a uno de los hermanos Marx charlando animosamente con Charles Chaplin, mientras ambos compartìan la lectura de unos de mis minilibros. Mi pobre perro habìa ingerido los pequeños adornos de la mesilla de mi cuarto.

CANIS HORRIBILIS

CANIS HORRIBILIS


Mean donde otros mean y cagan donde otros cagan, porque lo importante es seguir la corriente. Ellas siempre afanadas en despertar los más bajos instintos de los machos que las rodean, emperifolladas y dispuestas a poner el culo para cumplir su objetivo vital: reproducirse. Ellos bravucones y con un excelente olfato para detectar a la hembra más femenina y complaciente. Su vida limitada a competir con los de su misma especie y, si es preciso, morderlos y matarlos. El Dogo Argentino agacha la cabeza ante el Setter inglés. Luego éste no se atreve a levantar la voz frente al Pastor Alemán y así sucesivamente. Pocos se salvan de esta férrea jerarquía vertical. Veinticuatro horas dedicadas a trabajar, engullir (si suena la campanilla) y dormir. Así, día tras día, hasta que les alcanza la muerte.

Ejercicio 3. Sé que no va a gustar mucho

LA CAJERA



El día de todos los santos, salió mi nuera por la puerta de casa. De sus manos colgaban mis dos nietecitos con los mocos extendidos por la cara. Ya se lo había comentado yo a mis vecinas años antes.
- ¡Estos, porque ella está embarazada, que sino de qué iban a casarse! Con suerte en un par de años volvemos a estar mi chico y yo tan a gustito solos.
No me equivoqué mucho. Cuatro años ha tardado mi hijo en darse cuenta de que ella era poco para él. Yo, sin embargo, el primer día que la conocí me percaté de todo. No imaginan mi cara cuando mi primogénito me dice, señalando a la cajera del supermercado, mamá esta es mi novia.
Ocho meses después, se plantaron los dos en mi salón, para comunicarme que se mudaban y que en breve seríamos cuatro. ¡Vaya capón que le di a mi Joselito! Se pensaría que no me había fijado en el tripón de esa arpía.
La boda y la posterior relación fueron los chismes más comentados en todo el barrio. Aquí todo el mundo sabía cuanto lloraba la chica porque mi hijo llegaba borracho a casa. ¡Qué quería la víbora esta que con lo joven y guapo que era se quedara amargaico en casa!
A punto estuvieron de separarse las Navidades de hace dos años ¡Bendito regalo hubiera sido aquel! Pero no, mi pobre hijo tuvo que aguantar dos años más sus reproches: que si no tenían dinero porque él se lo gastaba en vicios; que si ella, huérfana desde los doce, no deseaba que sus hijos sufrieran la constante ausencia del padre… Gritos, peleas y discusiones. ¡Vaya mujer más posesiva que era esta!
Aquella mañana lo vi todo claro. Primero solucionaría nuestras vidas, luego saldría a comprar los dulces típicos para el café de la tarde. Tenía que hacerlo antes de que llegara mi hijo de su partida de mus y de que ella subiera del parque con los críos. Preparé todas las maletas. Mis nietos no me molestaban tanto, pero suponía que ella querría llevárselos. Minutos más tarde, apareció. No hizo falta que me entretuviera en explicarle. ¡Menos mal porque se me hubieran pegado las lentejas! Dejó su anillo en la encimera y con aquella voz de cazallera dijo:
- ¡Niños despídanse que nos vamos!
Desde aquel día, no los hemos vuelto a ver y mi niño duerme en mi cama todas las noches.

Cárcel y Cuerpo (Ejercicio 2)

Cárcel y cuerpo


Marta. Su condena bien anclada a las piernas, con un cuerpo envenenado que no aguanta muchos más combates ni muchas más llantinas. Dos padres inquisidores, distantes y ausentes. Ningún novio en la lista de decepciones. Siete años en el mismo trabajo, sin motivaciones y con los sueños dispuestos en línea para ser fusilados. Una niña, Marta, con la constante sensación de querer salir volando. Una joven, Marta, con todo su futuro enjaulado en su rígido pecho y su piel sonrosada. Una mujer, Marta, con la vida cansada. Una anciana, Marta, con las entrañas desgastadas y el miedo susurrando derrotas. Un fantasma, Marta.

Una mañana observa su imagen en el espejo y se da cuenta de que ya no es Marta. Ahora, podría ser cualquiera. Mira su cara, arada por las uñas del tedio y el desprecio. De repente, suena el teléfono. Respira profundamente, puede ser esa noticia que lleva demasiadas jornadas esperando. Nuestra protagonista mantiene una conversación breve, cuelga el aparato, se viste apresuradamente y sale con el estómago vacío de casa. De camino al metro, se olvida de saludar a la dueña del kiosco y accede a la estación. No hay tiempo que perder. Por fin, alcanza el destino deseado.

Entra despacio, se acerca al mostrador y pregunta por la persona que efectuó la llamada en cuestión. Le responden amablemente y, con decisión, se dirige al sitio indicado. Accede a una aséptica habitación, donde mantiene una conversación directa y suculenta. Marta siente que su boca se hace agua, confía en la persona que hace de interlocutor y es consciente de que allí sí se pueden obrar milagros. Marta es atea, así que evidentemente, no está en una iglesia. Se desviste y siente la necesidad de despreciar por última vez su cuerpo. Ahora toca ponerse algo más ligero y sencillo, una bata y unos patucos. Se tumba y la desplazan. Se ríe y la duermen.

Mañana, al despertar, Marta ya no será Marta será, al fin, Marcelo.

¿Sin solución?


Los ruidos eran persistentes. El aislamiento, mudo para el alma, no servía para acallar aquellos zumbidos que machacaban sus tímpanos. En la cárcel cambió favores por dinero, dinero por loqueros, loqueros por pastillas, pastillas por navajas, navajas por pistolas y pistolas nuevamente por pastillas.
No hubo modo, no encontró la forma de que aquello que revolvía su cabeza se apagara. Nunca llegó a comentar con nadie lo que sucedía, ni los otros alcanzaron a comprender su malestar.
Finalmente decidió, al son de una canción, suicidarse bailando. Quizás debería haber visitado a un buen otorrino, los acúfenos tienen tratamiento, mas parece que la locura no.

Leer puede perjudicar gravemente la salud de los que están a su alrededor

De noche, mientras dormía, me pegaste una peluca rubia, me maquillaste, como siempre me reclamabas que lo hiciera: con grandes coloretes rosados, la línea del ojo bien definida y la sombra perfectamente extendida. Luego me limaste las uñas y las pintaste, demostrando tener para ese tipo de tareas, esa paciencia que yo nunca desarrollé.

Al despertarme, observé un café solo con sacarina abandonado en la bandeja. A su lado, sólo una rebanada de pan tostado. Justo cuando me disponía a levantarme de la cama para ir a la cocina a por la leche entera y mi primer cigarro, apareciste en la habitación.

- Alice, tienes que cuidarte. No estás en una edad como para dejarme escapar. Ese fue tu discurso, claro, sincero y desolador.

- Cielo- proseguí yo- creo que deberías dejar de leer ese libro. Por cierto, no me llamo Alice.

Ahora ella

Ahora, ella viaja en un tren con la mirada perdida en el horizonte.
Nadie se habìa acercado a la estaciòn aquel dìa. Verdaderamente, nadie sabìa que aquel viaje no tendrìa retorno. Sòlo se habìa despedido de sus padres por justicia, sòlo ellos conocìan el lugar al que escapaba. Sus padres eran personas generosas y no habìan presionado a su hija para que cambiase de opiniòn. Nunca habìa necesitado darles excesivas explicaciones porque casi siempre leìan sus pensamientos antes de que los verbalizara y ahora todos, en esa casa, sentìan que aquella niña se habìa convertido en una mujer que ansiaba comenzar en otro sitio, con otros ojos.
La maleta casi vacìa, no cargaba con recuerdos. Asì evitaba llevar equipaje excesivamente pesado que le impidiera caminar enèrgicamente.
Ahora, ella estaba sola, sentada en el tren con un libro entre las manos.
No era capaz de recordar cuando tomò la decisiòn en firme, demasiadas malas noticias se habìan abalanzado sobre ella en los ùltimos tiempos. Durante unos meses se habìa propuesto lidiar con los conflictos cara a cara, pero un dìa fue consciente de que la soluciòn ya no estaba en sus manos y, justo en ese momento, se planteò la posobilidad de volar lejos. Siempre se habìa considerado una persona vital y parecìa que en su ciudad natal se le estaba acabando el aire y sin aire, uno no puede respirar.
Ahora, ella estaba absorta escuchando el traqueteo del tren.
Habìa lamentando no poder conversar con èl antes de irse. Sin embargo, habìa sopesado la posibilidad y creyò que aquello era lo mejor. Èl no iba a comprender sus motivaciones hacia la huida, se iba a limitar a maltratar su autoestima y hacerle culpable por aquel abandono. Èl no iba a darle consuelo y ofrecerle comprensiòn, èl sòlo iba a hablar de èl y su soledad.
Ahora, ella estaba dormida, soñando con una vida en que las circunstancias no le empujaran a desaparecer.

Ni los amores matan, aunque lo crean

De noche, mientras dormía (recordemos que duermo profundamente las pocas horas que puedo aprovechar), me pegaste una peluca a mi cabello. También me maquillaste, como siempre me reclamabas que lo hiciera: con grandes coloretes rosados, la línea del ojo bien definida, la sombra perfectamente extendida y los labios de un tono casi imperceptible. Luego me limaste las uñas y las pintaste una una, demostrando tener para ese tipo de tareas, esa paciencia que yo nunca he llegado a desarrollar.
Al despertarme, observé un café solo con un sobrecito de sacarina apoyado en la bandeja. A su lado, sólo una rebanada de pan tostado con una loncha de pechuga de pavo. No comprendía nada. Justo cuando me disponía a levantarme de la cama para ir a la cocina a por la leche entera y mi primer cigarro, apareciste en la habitación:
- Amor, tienes que hacer régimen. Estás tan ocupada por los asuntos del trabajo que te estás echando a perder. ¿No te das cuenta de que la ropa cada día te va sentando peor? No te pido que lo hagas po mí, sino por ti. No estás en una edad, como para dejarme escapar - ese fue tu discurso, claro, sincero, esperanzador.
- Cielo- proseguí yo- yo también he percibido que las cosas están cambiando. Estás tan centrado en tus quehaceres laborales que... ¿Cuánto tiempo llevas sin leer un libro? No te aconsejo que retomes los buenos hábitos por mí, que en cuanto acabe esta conversación voy a recoger mis cosas para irme de nuestra casa, sino por ti. Estás en una edad en la que te va a ser difícil que ligues por tu físico, así que más te vale que cultives la conversación.
A las tres horas, estaba en un bar de Malasaña con Alba, mi amiga peluquera. Antes, me había cortado el pelo traspara arreglarme el estropicio que me había tenido que hacer para despegarme la peluca.
- ¡Caray, si vas a tener que darle las gracias y todo, cómo te favorece el pelo tan corto! Dado que vamos a salir a tomar unas cervezas, yo que tú el maquillaje no me lo quitaba, nunca se sabe, quizás, hasta deberías calzarte unos tacones-bromeaba mi amiga en el baño de su casa, mientras yo me limpiaba la cara con jabón de lagarto.
Aquel día, Graciela me sacó unas fotos relinda, con todo el pelo corto de punta y la cara recién lavada. Aquella noche, celebré haberme librado de esa maldita condena que llevaba 5 años soportando, exactamente los mismos que llevabas arrastrando esa extraña enfermedad.
Tú, cuando las viste en mi blog, incluso me enviaste un mensaje para pedirme una copia de la foto y una reconciliación. Volviste a usar la táctica de la "pena" para buscarme y reclamarme sacrificios y cuidados. Pero, nuestra ruptura no tenía que ver con mi egoismo, del que nunca hice uso estando contigo, sólo estaba relacionada con recuperar mi dignidad. Recuerdo que tres meses después, hasta me llamo tu madre, primero para preguntar tiernamente cómo me iba, después para increparme con insultos y exigencias.
Cumplí lo que le había prometido a tu madre, el piso te lo quedabas tú, tampoco me urgía que me dieras mi parte proporcional en metálico.
Esta mañana me han llamado del notario, me han citado para personarme mañana en la oficina que tienen en la calle Alcalá 242. Me han notificado tu defunción. Inesperadamente, menos lo que le corresponde legalmente a tu madre, lo demás me lo has dejado a mí.

Casi una vida juntos

Juan era el hijo del vecino de mi madrina. Cada domingo íbamos a comer a casa de Adelaida, así se llamaba aquella mujer estirada y asfixiante que habían nombrado mi guía espiritual. Aquellas comidas familiares, se convertían, para mí, en un infierno; me obligaban a bajar al patio interior a jugar con todos los niños del bloque.
Reconozco que odiaba esos domingos. A mí me gustaba el parque público de mi barrio, con sus columpios de hierro, donde corrías el inmenso peligro de pillar el tétanos si te dabas un mal golpe. Disfrutaba con aquellos chavales que llevaban las mismas zapatillas sintéticas que gastaba yo. Sin embargo, aborrecía, recordemos que era una niña y a todo se le pone mucha pasión, a aquellos señoritos con los que me ordenaban codearme y entretenerme en esa pequeña placita adoquinada y reluciente.
Algunos domingos me escaqueaba, al aludir que tenía sueño y me iba a tumbar en la cama. Nunca me dormí pero me libraba de la tiranía de los niños del vecindario de Adelaida.
No entendía sus juegos. En mi barrio, acudíamos en chandal, dispuestos a rompernos los pantalones de nuevo. Nuestra madres eran unas expertas cosiendo parches. Sin embargo, aquellos maniquies infantiles aparecían en el patio con el traje de los domingos. No se escuchaba por el balcón "Juanito, no te manches" porque era un edificio muy elegante, pero seguro que era la última frase que Doña Concha le susurraba a su hijo, antes de que éste saliera por la puerta de su casa.
A mí me resultaba todo tan artificial que una vez, incluso, pinché a Laurita, una de la pandilla, a ver si sangraba. Sangró, me pegó una bofetada y me llamó estúpida (alargando mucho la "s"). Salvó por el insulto, yo hubiera reaccionado igual. Eran niños de verdad, aún mucho peor, porque seguía sin comprenderlos.
Cumplidos los doces años, y tras el enfado de mi madrina con mi madre, yo me quedé sin guía espiritual, sin comida familiar y sin condena. Entenderán que recuperé los domingos de por vida. Descubrí, al mismo tiempo, que era atea, quizás sin mucha reflexión pero con mucha solidaridad hacia mi madre.
Así pasaron veinte años, sin frecuentar ese ambiente.
Cumplidos los treinta y dos, mi trabajo me obligaba a tener alguna reunión con vaporosas e irritantes personas (V.I.P), solían acabar francamente mal. Resumámoslo en que teníamos intereses diferentes.
Aquel martes, el encuentro se había acordado a las nueve de la mañana en la sede de la entidad con la que tenía el litigio. Me personé quince minutos antes, no soy una experta en calcular los tiempo, creo que es culpa de frecuentar el transporte público. La recepcionista me atendió amablemente y me ofreció un café, mientras me acompañana a las sala donde iba a tener lugar mi reunión. Esperé tranquila, disfrutando de mi café y repasando mentalmente qué temas debía abordar.
A la media hora abrió la puerta un hombre alto, de mirada vivaz y con unas manos huesudas. Lucía un estupendo bronceado estilo "esquiador". Además, llevaba la barba bien arreglada y el pelo recién cortado. Se presentó. Aquel nombre rápidamente se situó en mi memoria. Era Juan, el hijo de Doña Concha, aquel chiquillo que tanto se metía conmigo porque mi ropa no era tan "chula" como la suya. Ese día, yo vestía una falda del Corte Inglés, quizás era el momento de sacarme la etiqueta, y no de mencionar mi nombre. Daba igual, debía presentarme.
Tras pronunciar mi nombre, se pudo apreciar que él andaba buscándose en su cabeza. No estaba pendiente de la información que yo le estaba facilitando. Frené el derroche verbal y le resolví el misterio, por no perder más tiempo. Por su cara, le impresionó más que a mí la coincidencia. Finalizada la explicación de nuestro mútuo conocimiento, seguimos abordando las cuestiones relacionadas con lo profesional.
Evidentemente, surgieron discrepancias, pero se solventaron de un modo inesperadamente rápido. Recordaba a Juan como un ser más irracional. Supongo que aquellos veinte años también habían pasado por él.
Las dos horas y media de charla, donde sólo afrontamos temas laborales, resultaron interesantes y provechosas. En el momento de la conclusión, incluso, estuvimos de acuerdo en los pasos a tomar para agilizar el proceso. No obstante, la despedida convirtió aquel encuentro profesional en un soso ligoteo de adolescentes.
- ¿Por qué no volviste a visitarnos?- me soltó Juan a bocajarro.
- ¿Perdón?- respondí yo, algo contrariada con aquella pregunta.
- Digo que cuál fue la razón por la que nunca regresaste a jugar con nosotros.
- ¿En serio te interesa?- insistí de nuevo. Comprendan que me seguía sintiendo algo incómoda.
- Sí- y en tu cara se apreciaba una curiosidad desmedida por lo que yo fuera a responder.
- Mi madre rompió su amistad con Adelaida. Así que me libré de aquellos domingos espantosos.
- ¿Tan horrible era para ti?, bueno sí, se notaba, en la cara ¿Sabes? Eras muy expresiva, bueno... por lo que veo, lo sigues siendo. Estás coloradísima.
- Me aburría mucho, mucho más que ahora mismo, fíjate. De hecho, esta conversación me empieza a parecer sugerente pero... tengo otros asuntos esperándome- no quería resultar brusca, estaba más cómoda que al comenzar a tratar el tema, pero me quedaba una larga jornada laboral- Juan, lo siento, me tendría que ir.
- Hacemos una cosa. Dime donde trabajas, a qué hora sales y si te apetece cenamos.
- Me encontrarás casi siempre en la calle Ercilla, número 9. Salgo a las nueve y media de la noche.
- De acuerdo, a esa hora estaré. Después improvisamos.
Reconozco, que aquella frase no me pegaba nada para una persona como la que pensaba que era Juan. ¡Qué erróneo es prejuzgar!
A la hora señalada, apareció en la cristalera de mi centro una moto. Miré, es el gesto típico que acompaña al rugido de una moto, miré, como siempre lo hacía, aunque aquel sonido no fuera para mí. Resulta que aquel día el jinete sí venía a buscarme a mí. Sólo había un problema, venía acompañado por una linda doncella. Os quitasteis el caso y vi a Laurita. Sonreí, me arrepentí de aquella cita y salí a recibiros.
Nada más verme, Laura comentó la ilusión que le había hecho escuchar de la boca de su marido, es decir de Juan, la anécdota de nuestro reencuentro. ¡No digan que no estaba bien educada la niña! Les mostré mi lugar de trabajo y nos fuimos a cenar.
La velada que compartimos fue aburridísima, Juan con el tiempo me lo reconoció. Su mujer monopolizó la conversación con el tema hijos, compromisos, etc. Se quedó bastante cortada cuando a su pregunta de que por qué no me había casado, le respondí que era viuda. Luego, le aclaré que era broma. Pero creo que, si hubiera podido, su reacción hubiera sido similar a la del día del pinchazo.En algunos momento de tregua, Juan y yo podíamos compartir algún tema más ameno: fútbol, cine, libros, etc. Así, descubrí que teníamos bastantes intereses en común.
Me ahorraré los detalles, que parece que nunca llegó a lo fundamental. Al cabo de dos meses, éramos amantes. Pasados doce meses, pareja. Hoy treinta años después, vamos a ser abuelos, aunque no habrá ni bautizo ni madrinas.
Un día, si tengo tiempo, les cuento qué había sido de Juan en esos viente años que nos perdimos. Les puedo anticipar que tampoco sucedieron tantas cosas. Quizás el error, allá por 1954, fue mío que no supe mirar.
Y esto no es más que para celebrar
los 29 años de matrimonio de mis padres.
Dos amigos, dos amantes,
dos cómplices y dos personas maravillosas.

No siempre la buena voluntad, impone buenas acciones

Estoy triste, ayer murió mi perro. Empezaba a sospechar que algo raro le pasaba. Llevaba unas jornada sintiéndose mal. Se le notaba, en especial, por las mañanas que ya no venía a molestarme a mi cama, cuando sonaba el despertador. Os voy a explicar cómo sucedió.
Un día a la vuelta del trabajo entré en la cocina, llegaba muerta de sed y observé que mi adorable y querido Uko no había probado ni una de sus galletitas. Quise darle, sólo, una importancia relativa. Al fin y al cabo, a mí había días que tampoco me entraba el hambre. Pasados unos días, sí me alarmé. Eran seis días los que llevaba sin comer.
Dado que la cabezonería es una de mis grandes virtudes, o defectos, ya veremos, me propuse que aquel jueves mi animalito no hiciera más dieta. Así lo hice, le obligué a comer. Al día siguiente, más de lo mismo, le obligué a comer. El sábado, procedí del mismo modo, le obligué a comer. Y el domingo, no cambié mi rutina y le obligué a comer. Así anduvimos él y yo, con nuestra particular guerra. Yo, entre tanto, pensaba que en el fondo Uko no estaba más que reclamando un poco más de atención por mi parte. Lo viví como un pequeño juego.
El viernes por la noche, comenzó a hacer unos ruidos horribles. Yo estaba hablando con mi madre por teléfono y el dependiente animalillo casi ni me dejaba oír lo que me comentaba mi progenitora. Decidí colgar y llamar a las urgencias veterinarias.
Cuando llegué, poco pudieron hacer por él, salvo ahorrarle sufrimiento y sacrificarlo. La veterinaria concluyó que lo había matado. Nunca debí cebarlo, Uko no deseaba jugar.

Sueños extrañamente inconclusos

Ella ya lo había perdido todo. Habían pasado 15 meses desde su ruptura. La niña bonita, dicen algunos. La niña odiada, pensaba ella. Justo en ese aniversario, ella decidió desahacerse de todos los recuerdos y mandárselos a él en una linda caja.
Se puso frente al espejo. Comenzó cortándose los lóbulos de las orejas. Verlos impicaba recordar cada una de las veces en las que él conquistaba salvajemente esas puertas a su cuerpo, para después continuar arrasándolo por dentro.
Luego, tomó unos alicantes. Sabía que venía algo doloroso, eran muchas piezas dentales las que tenía que arrancarse. Sin embargo, su afán por eliminar los rastros de ese amor era mucho más potente que cualquier dolor. Con la única muela del juicio que había, tuvo serias dificultades pero lo consiguió, hacer palanca siempre le resultó un buen recurso.
Después, llegó el turno de los labios. Primero el inferior que siempre tuvo más protagonismo en aquella novela sucia y amarga. Casi al instante el eterno secundario, el labio inferior.
La duda le surgió en ese momento por qué continuar, por los ojos o por la piel. Consideró mejor opción dejar en el último lugar los ojos, siempre se recomienda tener plena conciencia de lo que se está haciendo.
Eliminar la piel era una tarea sencilla, quizás lo más complejo era meterla en la caja sin arrugarla en exceso. Era casi una experta en aquella labor. ¡Quién ha dicho que comerse las uñas no tiene ventajas! Un pequeño y preciso mordisco en un padrastro y descoser y cantar, en este caso. Ojálá hubiera tenido un cómplice para el delito, pues pisó el pliegue del ombligo al intentar doblarla. Tras mucho sudar, no podemos decir sudor porque no lo sintió, había alcanzado la última fase de la katarsis.
Como era diesta de ojo, comenzó por el izquierdo que le era menos útil. Fue a la cocina a por una cuchara sopera. Lo consideró una buena herramienta. Uno y dos. Seguidamente, tanteando, los colocó en una huevera que ya había preparado cuidadosamente.
Todo estaba guardado ya en la caja, con un ticket regalo. Por si acaso el receptor del regalo no quedaba satisfecho.
Ël único incoveniente es que nunca pudo concluir su sueño. Murió desengrada mientras se esmeraba haciendo el lazo de la caja.

Huvumo: había una vez un mimo olvidado

Antes era mimo, se ganaba la vida en la Gran Vía exhibiendo a los demás sentimientos que él nunca había experimentado. Sin embargo, tenía un don y era capaz de representar a la perfección todas esas sensaciones a las que jamás se había enfrentado: pena, sorpresa, valor, alegría, etc.
La sociedad se transformaba y perdía el interés por este tipo de arte. Nuestro mimo se alejaba de su propia figura dramática y se desmotivaba día a día en aquella esquina.
Le tocó cambiar de profesión, yo no volví a saber de él. Ago me comentaron que hace servicios de gigolo.

Mi mimo admirado, se convirtió en un personaje olvidado.

Sigue fingiendo pero creo que ahora gana más dinero.

A veces la vida la ponemos cuesta arriba.

Había que disimular

¡Estupideces, no te atreves más que a decir estupideces!.- gritaba él mientras echaba en la maleta la ropa imprescindible para escapar de aquella casa que ya no sentía suya.

Ella lloraba desconsolada mientras decía sofocada: no te vayas, no te vayas, no me dejes.

Él no tenía ninguna esperanza por arreglar aquella situación y no le hizo caso, le daba igual lo que ella rogase. Sólo quería desaparecer de aquel castillo en ruinas.

Se fue y en el mismo momento en que él cerraba la puerta, ella cogió el teléfono para llamar a sus amigos: ya podéis venir, empieza la fiesta.

... había que disimular pero ella ansiaba ser libre.

Historias anónimas

Me arrepiento de tantas de las cosas que he hecho en mi vida que no tengo tiempo para solucionarlas todas.-
Así iniciaba él por quinta vez su discurso, mientras ellas atónita intentaba imaginarse como iba a seguir aquella conversación. Tenía ganas de seguir escuchándole pero su nombre volvía a sonar por la megafonía del aeropuerto. Ese avión no iba a esperarla más tiempo. Había que tomar una decisión. Irse o tener paciencia para que él acabara, si lo hacía.
Me arrepiento...-
No pudo seguir. Ella le dio un beso en la boca y se marchó.
Él murió en el mismo aeropuerto atropellado nada más abandonar el edificio. No miró al cruzar un paso de peatones.
Ella nunca supo de este incidente, sólo piensa que él no quiso volver a saber de ella.
Ella aún le busca a veces en rostros desconocidos aunque está felizmente casada con un pintor argentino. Tiene dos hijos lindos, una casa en un pueblo cercano a Buenos Aires y una carabana.

Cinco despedidas

Dos copas de vino,
rotas.
Una cama,
deshecha.
Dos amantes,
muertos.

Esperas

Cinco minutos para amarte,
cinco minutos para cuidarte.
Lo que tarde en venir el próximo metro
y olvides mi existencia
por las fatigas de existir entre deberes.

Cinco minutos para besarte,
cinco minutos para acariciarte,
antes de que desiertes de mis brazos
y aquel vagón te aleje
pos sus vías insípidas y monótonas
de la textura de mis placeres.

Por escribir

Pausadamente las estaciones van borrándose y las horas muertas alejan sus huellas de mi anatomía. Es el paso del tiempo, el constante latido de la vida y su ejercicio de la desmemoria.
Un ejambre de abejas devora, sin vergüenza y con ambición, las menerar en que te quisieron otros, que tenías registradas en tu pecho. Has pasado lista, sólo permanece una, sólo permaneces viva.
Día a día, en efecto, has quedado inmóvil viendo deshacerse las madejas del recuerdo. Y ahora, en medio de esta ciudad carnívora y salvaje, no recuerdas ni tu nombre.

Para el amor nunca hay retraso

La neblina se interpuso entre tus ojos y mis palabras. No alcanzabas a ver lo que te decía. Subido en ese autobús, camino hacia tierras extrañas y frías.
Mientras habíamos compartido el último café, nos enzarzamos en una insulsa discusión. ¡Cuántas de las nuestras fueron incomprensiblemente anodinas pero increiblemente farragosas! El enfrentamiento había subido de tono, había llegado al nivel en el que tus bromas ya no me provocaban la sonrisa y mis besos ya no calmaban tu boca. Y en los últimos segundos de los que dispusimos para darnos la tregua que nuestros cuerpos necesitaban, el orgullo reinó y se impuso el silencio.
Desde aquella ventanilla, intentaste encontrar en mis labios una oración que te llevase de nuevo a mi vida. Pero no acertaste a descifrar el mensaje secreto, percibiste la primera nota correctamentemente, lo demás fue una melodía desafinada: te odio.
Nunca más recibí noticias tuyas, nunca más saber de esa persona con la que había compartido los cuatro inviernos más dichosos de mi vida. Nunca más una palabra susurrada de tu boca a mi oído. Desapareciste en esa ciudad que te esperaba con los proyectos a punto de caramelo.
Y yo, aquella lejana tarde sólo dije te amo.
Hoy, he creído verte. Estaba vez la que sentaba su cansancio en un autobús era yo. Ha pasado la primera parada desde el avistamiento y no he hecho nada, mejor dicho no sabía que hacer. En la segunda me he lanzado a la calle. He echado a correr, hasta alcanzar la silueta de ese viejo desconocido. Y el destino ha hecho posible que esas dos palabras fueran de nuevo nuestras: te amo, he dicho... y me has besado, como quien regresa de la más dura de las batallas a su hogar, porque no residimos en edificios sino en cuerpos que nos acogen temporalmente. Aunque, a veces, las temporadas se encadenan y son infinitas.
Ahora, te observo desde el baúl que uso como mesa de trabajo. Tus rasgos han cambiado. Un lustro deja huella en cualquier rostro, pero sigo reconociendo mi impronta en muchos de tus gestos y mi boca sigue deseando tus besos.
Te amo, repito mientras tu respiración me confirma que sigues vivo.
Te amo, repito mientras me dejo descansar en tus brazos.
Dedicado

En metro

Te descubrí en Gran Vía, con mi cuerpo luchando contra el frío y la noche besándonos en la boca. La oscuridad jugueteando entre tus labios y mi vientre. Testimonios de una vida almidonada, de mil baldosas rebosantes de caricias y ganas.
Admiré la elegancia de tus gestos camino de Pueblo Nuevo, cuando los chinos intentaban adivinar quiénes erámos si dos enamorados preparando una boda o dos camaradas organizando la revolución, mientras nos servían esos platos que compartimos entre besos y retales de pasión.
Conquisté tu sonrisa en Mar de Cristal, cocinando a fuego lento y paciencia la dicha que navegaba entre tus lindas manos, la que comenzaba a surgir a ritmo de bulerías en los cuencos de mi piel.
Me enamoré de ti en Prosperidad, con el sol pintando de dorado las aceras por las que caminábamos. En Prosperidad, en Ascao, en Quevedo, en Sol, en Sevilla. Y te amé, con mis tres corazones, en San Bernardo, Cuando fuiste uno más en mi felicidad, cuando formaste sin tapujos parte de mi vida y sus riesgos.
Te perdí en Arturo Soria, siempre ese sitio para nuestras despedidas, para verme marchar cabizbajo, para decirte adios y añorar el reflejo de nuestros cuerpos.