LA CAJERA
El día de todos los santos, salió mi nuera por la puerta de casa. De sus manos colgaban mis dos nietecitos con los mocos extendidos por la cara. Ya se lo había comentado yo a mis vecinas años antes.
- ¡Estos, porque ella está embarazada, que sino de qué iban a casarse! Con suerte en un par de años volvemos a estar mi chico y yo tan a gustito solos.
No me equivoqué mucho. Cuatro años ha tardado mi hijo en darse cuenta de que ella era poco para él. Yo, sin embargo, el primer día que la conocí me percaté de todo. No imaginan mi cara cuando mi primogénito me dice, señalando a la cajera del supermercado, mamá esta es mi novia.
Ocho meses después, se plantaron los dos en mi salón, para comunicarme que se mudaban y que en breve seríamos cuatro. ¡Vaya capón que le di a mi Joselito! Se pensaría que no me había fijado en el tripón de esa arpía.
La boda y la posterior relación fueron los chismes más comentados en todo el barrio. Aquí todo el mundo sabía cuanto lloraba la chica porque mi hijo llegaba borracho a casa. ¡Qué quería la víbora esta que con lo joven y guapo que era se quedara amargaico en casa!
A punto estuvieron de separarse las Navidades de hace dos años ¡Bendito regalo hubiera sido aquel! Pero no, mi pobre hijo tuvo que aguantar dos años más sus reproches: que si no tenían dinero porque él se lo gastaba en vicios; que si ella, huérfana desde los doce, no deseaba que sus hijos sufrieran la constante ausencia del padre… Gritos, peleas y discusiones. ¡Vaya mujer más posesiva que era esta!
Aquella mañana lo vi todo claro. Primero solucionaría nuestras vidas, luego saldría a comprar los dulces típicos para el café de la tarde. Tenía que hacerlo antes de que llegara mi hijo de su partida de mus y de que ella subiera del parque con los críos. Preparé todas las maletas. Mis nietos no me molestaban tanto, pero suponía que ella querría llevárselos. Minutos más tarde, apareció. No hizo falta que me entretuviera en explicarle. ¡Menos mal porque se me hubieran pegado las lentejas! Dejó su anillo en la encimera y con aquella voz de cazallera dijo:
- ¡Niños despídanse que nos vamos!
Desde aquel día, no los hemos vuelto a ver y mi niño duerme en mi cama todas las noches.
El día de todos los santos, salió mi nuera por la puerta de casa. De sus manos colgaban mis dos nietecitos con los mocos extendidos por la cara. Ya se lo había comentado yo a mis vecinas años antes.
- ¡Estos, porque ella está embarazada, que sino de qué iban a casarse! Con suerte en un par de años volvemos a estar mi chico y yo tan a gustito solos.
No me equivoqué mucho. Cuatro años ha tardado mi hijo en darse cuenta de que ella era poco para él. Yo, sin embargo, el primer día que la conocí me percaté de todo. No imaginan mi cara cuando mi primogénito me dice, señalando a la cajera del supermercado, mamá esta es mi novia.
Ocho meses después, se plantaron los dos en mi salón, para comunicarme que se mudaban y que en breve seríamos cuatro. ¡Vaya capón que le di a mi Joselito! Se pensaría que no me había fijado en el tripón de esa arpía.
La boda y la posterior relación fueron los chismes más comentados en todo el barrio. Aquí todo el mundo sabía cuanto lloraba la chica porque mi hijo llegaba borracho a casa. ¡Qué quería la víbora esta que con lo joven y guapo que era se quedara amargaico en casa!
A punto estuvieron de separarse las Navidades de hace dos años ¡Bendito regalo hubiera sido aquel! Pero no, mi pobre hijo tuvo que aguantar dos años más sus reproches: que si no tenían dinero porque él se lo gastaba en vicios; que si ella, huérfana desde los doce, no deseaba que sus hijos sufrieran la constante ausencia del padre… Gritos, peleas y discusiones. ¡Vaya mujer más posesiva que era esta!
Aquella mañana lo vi todo claro. Primero solucionaría nuestras vidas, luego saldría a comprar los dulces típicos para el café de la tarde. Tenía que hacerlo antes de que llegara mi hijo de su partida de mus y de que ella subiera del parque con los críos. Preparé todas las maletas. Mis nietos no me molestaban tanto, pero suponía que ella querría llevárselos. Minutos más tarde, apareció. No hizo falta que me entretuviera en explicarle. ¡Menos mal porque se me hubieran pegado las lentejas! Dejó su anillo en la encimera y con aquella voz de cazallera dijo:
- ¡Niños despídanse que nos vamos!
Desde aquel día, no los hemos vuelto a ver y mi niño duerme en mi cama todas las noches.
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