La punta de mi lengua


No imagino mejor trofeo
que rozar con la punta de mi
lengua

el perfil dilatado de
tus
labios.

No hay mejor descanso
que
deslizarme por
tu piel tersa y

desgastarte
suavemente el
cuerpo.

Una persiana

Nuestra historia comenzó a través de un cristal.
Yo estudiaba en la cocina una mañana: música y un ordenador.  En mi piso compartido no nos habíamos preocupado de colocar ni cortina ni estor ninguno y yo podía disfrutar de una inmensa luz y, al mismo tiempo, de una vistas increibles de un patio de luces.
De repente miré hacia el frente y te vi, estabas colocando una persiana nueva en  un edificio con el que compartía espacio interior. Tenías el pelo corto y negro, espaldas anchas, barba de un par de días y una capacidad de concentración asombrosa. Durante los diez minutos que estuve clavada en aquella ventana, no levantaste ni una vez la vista para observar tu alrededor y... ¡Menos mal!
Tuve que volver a mis obligaciones: informes y estudios.
Al cabo de un par de horas, me tomé un respiro y bajé a dar una vuelta por el barrio. ¡Cuál fue la sorpresa al ver una furgoneta aparcada en la puerta en la que una cuadrilla metía varias herramientas!
De la parte trasera apareció una voz que lanzó una pregunta al aire: "- ¿Qué música escuchabas?-". Me costó un par de segundos darme cuenta de que esas palabras iban dirigida a mí, de hecho, mientras respondía una sensación profunda de rubor me coloreaba los mofletes. Respondí:"- Rap-". Y una risa estruendosa llenó mi barrio, "-No te pega nada, con esas gafas de pasta que gastas- "- dijiste al instante. "- Soy una mujer llena de contradicciones-" te espeté-. "-Pues me encantaría conocerlas todas-" respondiste. Y aquella frase nos llevó al bar más cercano y al futuro que ahora compartimos.


Jugar

El tablero dibujado sobre tu cuerpo, cada movimiento abandona una caricia en tu piel. Caricia que se transforme en escalofrío. Escalofrío que finaliza en forma de jadeo.
Jadear, respirar de forma contenida, liberar endorfimas, dejar de pensar.

memoria

Recuerdo haberte hecho el desayuno,
recuerdo haberte leído cuentos debajo de una manta,
recuerdo haberte abierto cerraduras,
recuerdo haberte cogido de la mano y saltar el obstáculo,
recuerdo haberte secado una lágrima,
recuerdo haberte amado,
recuerdo tu nombre.
Olvidé hacerme el desayuno,
olvidé leerme cuentos debajo de una manta,
olvidé abrirme cerraduras,
olvidé saltar obstáculos,
olvidé secarme una lágrima,
olvidé amarme,
olvidé mi nombre.

Hilos

Cuente la leyende que existe un hilo rojo que une a los amantes que están destinados a encontrase.
La leyenda silencia el final de dichos amantes: ella lleva la boca cosida con dicho hilo y él el hilo anudado fuerte a la garganta.

La indicada

Voy a besar tu ira,
Arrancar tu agonia,
borrar tus miedos,
los te secan las caricias,
los que te dejan ciego
sin ver mi sonrisa.
Voy a aniquilar tu dolor,
pintar tu angustia,
alejar tu rabia,
la que te roba palabras,
la que escupe silencios.

Necesidades

Tú eres el hambre,
en los ojos, en las manos y en el sexo.
Yo soy la sed,
en la mirada, en el tacto y en el sueño.
Imposible saciarnos
imposible sanarnos.

A bailar

Volver a batir las alas,
con más fuerza,
con tanta energía que se muevan otros corazones
y acompañen este camino que es la vida.

Valiente



Un día, motivado por razones inanes y sentimientos absurdos, te desprendes de tus sueños. Te dejas vencer por manuales de instrucciones ajenos.
Te acomodas en nuevas rutinas y te obligas a no pararte, así no hay preguntas molestas ni un rostro en el espejo que frunza el ceño.
Realizas tus funciones vitales, entrenas expresiones faciales de felicidad y, sobre todo, tu cuenta bancaria goza de una salud envidiable.
Pasan los años, tu vida tiene las medidas ideales para la pasarela del mundo actual, incluso te piden consejos y tú, complacido, los das.
Una madrugada, te desvelas. Un sueño extraño te obliga a abrir los ojos y te rompes por dentro. 
A la mañana siguiente, lo abandonas todo, te debes la vida.

Ya no viene El Ratoncito Pérez



Llegaba de una fiesta brutal, bueno lo brutal que podía ser cualquier fiesta organizada por un grupo de mujeres maduras que celebraban su sexta década de vida. María, compañera del grupo de costura, había propuesto alquilar un local de la parroquia y echar unos bailes como cuando empezamos a compartir momentos 38 años antes realizando acciones de calle contra la explotación laboral en la fabricación textil.
Me desnudé y me sonreí al comprobar que seguía sin haber ni una sola faja en ninguno de los cajones de mi cómoda. Tampoco había calzoncillos en la mesilla de la izquierda, esa mesilla llevaba vacía 20 años.
Me atavié con el pijama y me fui a lavar los dientes. De repente, al pasar el cepillo por los colmillos, noté que una parte de la encía sangraba especialmente. Toqué el diente y percibí cierta inestabilidad. Lamenté todo el dinero invertido, siempre había temido perder alguna pieza. Me enjuagué con agua fría y me fui a dormir.
El despertador sonó a las 8 de la mañana, tenía cita con el club de lectura. Con la punta de mi lengua percibí el hueco que el colmillo había dejado en mi dentición.
El ratoncito Pérez no había dejado moneda debajo de mi almohada pero mi primer implante dejaría un buen hueco en mi cuenta bancaria.

¿Olvidar o no olvidar?



Yo sé olvidar.
Yo sé olvidar las mañanas.
Yo sé olvidar las mañanas con tus besos.
Yo sé olvidar las mañanas con tus besos y tu sonrisa.
Yo sé olvidar las mañanas con tus besos y tu sonrisa reflejada en mi pupila.
Yo sé olvidar las mañanas con tus besos y tu sonrisa reflejada en mi pupila mientras te beso.
Yo no sé olvidar.
Yo no sé olvidar las noches.
Yo no sé olvidar las noches con tu cuerpo.
Yo no sé olvidar las noches con tu cuerpo y tus caricias.
Yo no sé olvidar las noches con tu cuerpo y tus caricias pegadas a mi pecho.
Yo no sé olvidar las noches con tu cuerpo y tus caricias pegadas a mi pecho mientras me duermo.