La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Había que disimular

¡Estupideces, no te atreves más que a decir estupideces!.- gritaba él mientras echaba en la maleta la ropa imprescindible para escapar de aquella casa que ya no sentía suya.

Ella lloraba desconsolada mientras decía sofocada: no te vayas, no te vayas, no me dejes.

Él no tenía ninguna esperanza por arreglar aquella situación y no le hizo caso, le daba igual lo que ella rogase. Sólo quería desaparecer de aquel castillo en ruinas.

Se fue y en el mismo momento en que él cerraba la puerta, ella cogió el teléfono para llamar a sus amigos: ya podéis venir, empieza la fiesta.

... había que disimular pero ella ansiaba ser libre.

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