De noche, mientras dormía, me pegaste una peluca rubia, me maquillaste, como siempre me reclamabas que lo hiciera: con grandes coloretes rosados, la línea del ojo bien definida y la sombra perfectamente extendida. Luego me limaste las uñas y las pintaste, demostrando tener para ese tipo de tareas, esa paciencia que yo nunca desarrollé.
Al despertarme, observé un café solo con sacarina abandonado en la bandeja. A su lado, sólo una rebanada de pan tostado. Justo cuando me disponía a levantarme de la cama para ir a la cocina a por la leche entera y mi primer cigarro, apareciste en la habitación.
- Alice, tienes que cuidarte. No estás en una edad como para dejarme escapar. Ese fue tu discurso, claro, sincero y desolador.
- Cielo- proseguí yo- creo que deberías dejar de leer ese libro. Por cierto, no me llamo Alice.
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