Los ruidos eran persistentes. El aislamiento, mudo para el alma, no servía para acallar aquellos zumbidos que machacaban sus tímpanos. En la cárcel cambió favores por dinero, dinero por loqueros, loqueros por pastillas, pastillas por navajas, navajas por pistolas y pistolas nuevamente por pastillas.
No hubo modo, no encontró la forma de que aquello que revolvía su cabeza se apagara. Nunca llegó a comentar con nadie lo que sucedía, ni los otros alcanzaron a comprender su malestar.
Finalmente decidió, al son de una canción, suicidarse bailando. Quizás debería haber visitado a un buen otorrino, los acúfenos tienen tratamiento, mas parece que la locura no.
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