La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.
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Tic, Tac...

Tenía que llegar. Eran los ocho menos veinte y aún estaba cerrando la puerta de mi despacho. No podía perder ni un segundo. Caminar, levantar la mano y agarrar un taxi que me llevara lo más rápido a la estación de Atocha, de donde salía tu tren. Tenía que llegar.
El taxi ya era mío, el taxi y los nervios. Noté el corazón bombeando en mi pecho, especialmente cuando alcancé la M-30 y observé el atasco que tenía por delante. ¡La lluvia, maldita lluvia!
No pasé de la mezquita en aquellos veinte minutos, en los que supuestamente iba a llegar a la estación para dedicarte mi última sonrisa y para prometerte más y mejores. No llegué y no suspiste que te quería y que te perdonaba.
Tenía que llegar, pero no llegué y nunca más supe de ti.

Todo depende

- Odiarme es menos complicado que amarme.- dijo ella la primera vez que compartieron una cerveza.
- Tendré que arriesgarme.- respondió él, mientras le anotaba su dirección en una servilleta.

Luego se escribieron en la piel, se narraron con miradas lindos sueños. Fueron calma en sus tormentas y luz en sus anocheceres.
Tacharon, juntos, muchos días del calendario.

- Eres un compañero muy valiente- le susurró ella un día, ya en la senectud.
- No, tú fuiste una mentirosa. Amarte ha sido sencillo y hermoso a la vez.- comentó él, mientras se acomodaba en la butaca de la habitación que compartían en la residencia.
- Entonces, eres un compañero muy inteligente-. concluyó ella, mientras reposaba su cabeza en el hombro de aquel niño disfrazado de anciano.

Nosotros y la revolución

Llegué del trabajo cansada, pero nunca derrotada. Mientras preparábamos una estupenda ensalada para compartir, tú me contabas los secretos de tu día. Adoraba la pasión con que juntabas las piezas de tu rutina. Rutina dormida que contigo se convertía en feroz compás. Luego, conforme yo relataba los combates en lo que me había tocado participar,la risa se iba maquillando con ternura. Te acercaste, me abrazaste y me susurraste al oído:
- Vaya dos rebeldes ilusos que estamos hechos.
Yo te devolví, con la misma picardía, la invitación a reirnos de nosotros mismos.
- Ilusos no, ilusionados.
Y así, hasta entre nosotros entrenados del mismo modo, nacían también constantes estampidas de guerra y evolución.
Durante la cena, empezamos a explorar la inquietud de los cuerpos. Tuvimos suerte, la ensalada no se enfría. No es un dato relevante porque tampoco la acabamos. Yo decidí no volver al salón, no quería renunciar al calor de las sábanas y los besos articulados. Tú, más manso con la obligación, recogiste e salón y la cocina. Después no desperdiciaste ni un segundo y volviste al recreo.

Sueños extrañamente inconclusos

Ella ya lo había perdido todo. Habían pasado 15 meses desde su ruptura. La niña bonita, dicen algunos. La niña odiada, pensaba ella. Justo en ese aniversario, ella decidió desahacerse de todos los recuerdos y mandárselos a él en una linda caja.
Se puso frente al espejo. Comenzó cortándose los lóbulos de las orejas. Verlos impicaba recordar cada una de las veces en las que él conquistaba salvajemente esas puertas a su cuerpo, para después continuar arrasándolo por dentro.
Luego, tomó unos alicantes. Sabía que venía algo doloroso, eran muchas piezas dentales las que tenía que arrancarse. Sin embargo, su afán por eliminar los rastros de ese amor era mucho más potente que cualquier dolor. Con la única muela del juicio que había, tuvo serias dificultades pero lo consiguió, hacer palanca siempre le resultó un buen recurso.
Después, llegó el turno de los labios. Primero el inferior que siempre tuvo más protagonismo en aquella novela sucia y amarga. Casi al instante el eterno secundario, el labio inferior.
La duda le surgió en ese momento por qué continuar, por los ojos o por la piel. Consideró mejor opción dejar en el último lugar los ojos, siempre se recomienda tener plena conciencia de lo que se está haciendo.
Eliminar la piel era una tarea sencilla, quizás lo más complejo era meterla en la caja sin arrugarla en exceso. Era casi una experta en aquella labor. ¡Quién ha dicho que comerse las uñas no tiene ventajas! Un pequeño y preciso mordisco en un padrastro y descoser y cantar, en este caso. Ojálá hubiera tenido un cómplice para el delito, pues pisó el pliegue del ombligo al intentar doblarla. Tras mucho sudar, no podemos decir sudor porque no lo sintió, había alcanzado la última fase de la katarsis.
Como era diesta de ojo, comenzó por el izquierdo que le era menos útil. Fue a la cocina a por una cuchara sopera. Lo consideró una buena herramienta. Uno y dos. Seguidamente, tanteando, los colocó en una huevera que ya había preparado cuidadosamente.
Todo estaba guardado ya en la caja, con un ticket regalo. Por si acaso el receptor del regalo no quedaba satisfecho.
Ël único incoveniente es que nunca pudo concluir su sueño. Murió desengrada mientras se esmeraba haciendo el lazo de la caja.

Objetos perdidos para amores encontrados

La primera vez que quedamos los dos solos era enero. Yo acudí a la cita puntualmente, él, por lo que vi, había llegado antes incluso. Nunca me encontré con él, sólo pude acercarme a sus zapatos. Parecían una invitación a que dejase algún regalo dentro de ellos. Esperé durante una hora, creo que era tiempo suficiente y me fui como había llegado, sola.
La segunda vez que intentamos pasar un rato agradable juntos, fue allá por el 23 de marzo cuando comienza la primevera. Yo estaba radiante y emocionada al igual que las flores lucían toda su belleza. Me senté en la mesa de la terraza del restaurante que me había dicho, la más próxima a la papelera. Allí había una almohada. No sabía qué debía hacer. Pasado unos minutos, osé levanté esa almohada, debajo sólo había un diente. Como el niño que deja un diente, esperando a que el "Ratoncito Pérez", le deje algún detalle a cambio de la infancia que se va esfumando.
Después de cada uno de esos episodios, me llamaba contentísimo para preguntarme si me había gustado la sorpresa. Nos conocimos en una fiesta, de esas donde coincides con conocidos que a la vez vienen con amigos, donde acabas que parece que conoces a todos y a nadie. Siempre, en esas llamadas, alude a que tras indagar sobre mí, le contaron que me encantaban las sorpresas y los momentos originales. Le dijeron que para enamorarme tenía que hacer "grandes cosas". Así que ahí estaba él, esforzándose en resultar intelectualmente atractivo.
La siguiente oportunidad la tuvo el día de mi cumpleaños. Calor sofocante en Madrid y yo en vez de encontrarme con su sonrisa me topó con sus calcetines malolientes. Seguro que Papá Noel le hubiera dejado un regalo. Yo le dejé las llaves de mi casa. No para que pasara nada especial, sino para que al menos, cuando él decidiera tuviesemos una conversación normal y sin objetos condicionantes.
Me llamó, no se lo cogí.
Esperé varias jornadas a que reaccionara. Y sonó el timbre. Creo que de mi boca comprendió mucho mejor cuáles eran mis sueños. Sin imposturas ni imposiciones.
Dejamos de ser dos personajes para ser dos personas.

Un reencuentro, una venganza

La habitación 46 de un sórdido hotel de la periferia de Madrid.
Un reencuentro,
una venganza.
Habría muchas formas de definirlo.

Somos dos cuerpos, ahora anónimos,
enfrentados y separados por los 135 centímetros que mide la cama,

en la que pronto abandonaremos todos nuestros fracasos
para convertirnos en artistas.

La penumbra de la habitación sólo es enturbiada por el reflejo del neón de la gasolinera colindante. Al menos no parpadea, se mantiene constante.

- La luz te ilumina más a ti. Estás preciosa, pletórica. Quizás estoy muy sorprendido, suponía que el tiempo te habría tratado peor.

- Ya ves, parece que el tiempo me ha tratado mucho mejor de lo que lo hiciste tú, el tiempo y mi pareja.

- Tampoco te estará haciendo muy feliz, sino no estarías aquí.

- Podría decir lo mismo de la portadora de la otra alianza. No, no escondas la mano ni te avergüences la vi nada más encontrarnos. Era algo de lo que estaba segura.

Comenzaste a desabrocharte los pantalones, yo imité tus gestos. No hizo falta mucho tiempo, era un rito que conocíamos de memoria. Desnudos, frente a frente, no dijimos ni una palabra. Tampoco ninguno se aproximó al otro.

Yo me senté en el borde de la cama de espaldas a tu mirada. No era pudor, era aburrimiento. Me agaché hacia mi bolso y te escuché pasear por la colcha de la cama.

- Espera, no te gusta besar a la gente que está fumando.- dije, mientras me llevaba un cigarrillo a la boca.

Me fijé en tu cara exhortativa pero me limité a ignorar cualquiera de tus mandatos. Si querías algo tendrías que decírmelo. No te atreviste así que esperaste pacientemente apoyado en mi hombro a que finalizase aquel acto que tanto te repugnaba.

- ¿Sabes qué?

- Ni idea aunque tampoco creo que sea necesario saberlo en este preciso momento. Llevamos un poco de retraso tras ese cigarillo que has disfrutado.

- Creo que más que necesario es contingente. Me voy, se me han quitado las ganas.

- ¿Me darás alguna explicación?

- Sólo que yo sí soy feliz con mi pareja y no te preocupes que de la cuenta me encargo yo.

Me vestí. Tú permanecías tirado encima de la cama. Estuviste un rato inistiendo en que no te podía dejar así. Sí que podía. Luego tocó escuchar como decías que me esperase, que tú me llevabas a casa. Me zafé, no era necesario.

Bajé por las escaleras, pagué la cuenta y me subí al coche de mi pareja que me esperaba en la puerta. Él lo sabía todo. Éramos amantes y compañeros.

Creo que a tu mujer le llegaron las fotos que hizo mi pareja de tan nostágico encuentro. Creo que lo solucionastéis, quiero decir creo que tú lo solucionaste y no te quedaste solo. Ella perdonó y aguantó ( que es más de lo que hice yo).

Creo que a ella me la encontré en Granada el fin de semana pasado y no iba de tu mano.
Yo sí iba de la mano de mi pareja,

yo sí soy feliz.


Su barco se hundió el día en que ella habló.
La soñaba de tantas formas. La veía todos días al cruzar por delante de su kiosco, la veía y la olía, una mañana tras otra. El miércoles pasado le dijo que le debía un café. Ella sonrió de medio lado y aceptó. Aquella chica también se había fijado en el chico que le vendía los periódicos.
Al día siguiente, jueves, se encontraron por la noche en la puerta de los Alphaville. Tras la película cenaron paseando por Madrid. Se besaron, se tocaron, se desearon y se amaron.
Por la mañana, viernes. ella cogió su ropa, intentando no hacer ruido. Igualmente él se despertó: Buenos días, ¿te ibas?-.
Ella respondió.- Sí, tengo que ir a recoger a mi novio al aeropuerto, viene a pasar la Navidades a su casa, está de Erasmus en Grecia.
Una historia parecida le conté yo a alguien, una historia parecida se pasó por mi cuerpo una noche. Lo lamento.

El tedio no se aloja en mis tejados

Pespuntes osn tus besos en mi piel. Aún no ha llegado el invierno pero nos da pereza salir a la calle. Preferimos el calor inmortal de los sueños caseros. El invierno favorecerá los vicios y los encuentros de mi boca mojada y tus labios sedientos.
Para la primavera volveremos a ser escaparates envidiados por los seres anodinos que transitan las aceras del Madrid más austero.
Tú y yo, sólo nosotros, venceremos el tedio.

A la persona que enseñó a soñar en colores

Fuiste los ojos negros con los que aprendí a mirar el mundo, lleno de heridas sangrantes que juntos disfrazábamos de ilusiones dibujadas por la noche en nuestras pieles.
Eterno y fiel compañero del más pasional de los juegos. Detractor del gris, aburrido y nostálgico. Amante disonante con caricias delicadas y besos sólidos.
Tu voz en mi recuerdo es mi consuelo para el frío que combato con el miedo de testigo.

El mensaje sigue en una botella

Ella lo había visto ya en numerosas ocasiones. Le había parecido un chaval interesante. La forma en la que hablaba y la cadencia de sus palabras dejaban entrever demasiado hastío vital. Ella no podía olvidar esa mirada en la que el futuro parecía hacer aguas y el pasado era un muñeco de trapo.
Un día escuchó una canción, le trajo su silueta a la cabeza. Tenía su número de teléfono y pensó en mandarle un mensaje desde el móvil, pero sería demasiado obvio. Ella sólo quería provocar una pequeña sonrisa en la cara de aquel niño con cuerpo delicioso y una pregunta en tan linda cabeza.
Se acercó a una cabina, sabía que desde ellas se podían mandar mensajes y el anonimato, convertía el acto en algo mucho más intrigante. Se dispuso a hacerlo. Estaba tecleando ese número que ya se sabía de memoria... se frenó y colgó.
Era una mala idea, aquello no le traería más que problemas. Ella se estaba enamorando pero él no había dado señales de interesarle aquel juego. Así que renunció a hacer nada original y siguió caminando hacia la calle Alcalá.
Acostumbrarse era comenzar a morir y desacostumbrarse servir la muerte en bandeja.
La vida que es caprichosa y no deja que nos habituemos a nada, hizo, casualmente, que él tuviera que irse a vivir a Londrés y perdieron el contacto. Dado que no compartían una relación de amistad era normal.

A veces, se acuerdan el uno del otro. Ella se cuestiona qué hubiera pasado con su vida si le hubiera mandado aquel mensaje. Él no se pregunta por aquel mensaje, no sabe nada de este extraño episodio. Las preguntas de este chico son un secreto para ella, pero si las escuchara, seguro que ella lo celebraba con una caña.

Frío

Quizás el ruido de la calle no te deje oir mis gritos.
Desesperada y temerosa,
el frío me tiñe los labios de morado,
tiemblo,
no puedo mover los dedos de mis pies.
Sé que si me paro, muero.

En verano y en silencio todo es mucho más sencillo.

En el hemisferio Norte cuando el calendario llega a Noviembre
se convierte en un cementerio de almas aplastadas por el tedio y el olvido.

No me mientas, no sabes de qué color tengo los ojos - dijo ella apenada. Él nunca prestaba atención suficiente a los pequeños detalles.

No importa- respondió él. - Sé lo que hacer para darte abrigo y que el invierno no congele tu alma. No me fijo en los pequeños detalles pero aprendo cada día de tu cuerpo-.

La mentira

El óxido se poso en mi lengua como el sabor de una desaparición.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido y no acepté otra conducta que la imposibilidad.
Como un barco calcificado en un país en el que se ha retirado el mar,
escuché al rendición de mis huesos depositándose en el descanso.
Escuché la vida de los insectos y la retracción de la sombra al ingresar en lo que quedaba de mí.

Antonio Gamoneda.

Decepciones

Desconoces mi pasado y mi futuro es una incógnita hasta para mi persona. De lo que no me queda duda es de que con tu sonrisa los meses de intenso frío se disfrazarán de colores cálidos. Llevo meses, preguntándome a donde te encaminas todas las mañanas rauda y alocadamente. Saludas alegremente, compras el periódico, lo agradeces y tiras lo que te sobra del diario. Alguna mañana te compras una flor. Desde ahora, si me dejas, te las regalaré yo. A veces te observo adentrándote en el metro, convirtiendo en juego los miles de brazos que te impidenn conquistar tu hueco, un laberinto humano con el que jugar. Te agachas, te torsionas y ¡Prueba superada! Me gustas, quiero decorar mis días con tu presencia.
Yo oía decir esto a un chico, declarándose a una mujer preciosa, que para su desgracia nunca se quitó los cascos para atender a sus sentimientos. Ella se subió al vagón y se marchó sin decir adiós.

Treguas y encuentros

El problema de las noches de tregua
es que siempre se convierten en guerras.
Combates para los sentidos,
luchas desaforadas de pieles y gemidos.

Orillas distintas

Hubieran hecho una pareja perfecta. Ella tiene la llave que abre los cerrojos; él la que sólo sirve para cerrar . Pero quedaron cada uno del lado equivocado de la puerta.

Diego Golombek
Cerradura
Al límite de la Palabra.
2007. Ediciones menoscuarto. Colección reloj de arena.

De hombres y mujeres

Aquel hombre bebió para olvidar a la mujer que amaba, y la mujer amó para olvidar al hombre que bebía.

Mario Goloboff.
Tango.
Al límite de la palabra.

¡Ay, lo que yo haría con este libro!

Leyendo

Me obligan a jugar. No sé las reglas. Tiro la carta más alta.
Todo consiste en prolongar la partida. Siempre se pierde.

Me obligan a jugar.
Saúl Yurkievich.
Al límite de la palabra.

Cosas lindas

Tia Petra se finge paralítica para vivir en su sulla de ruedas, tapada con una manta escocesa que oculta sus patas de cabra, su cola de pez, su mitad de serpiente. Los sobrinos le quitamos la manta mientras dormía y vimos las dos piernas de niño, pequeñas y delgadas, que siempre se pone para dormir.

En la silla de ruedas.
Ana María Shua.
El límite de la palabra.
Oviedo 2007.

Buenos días, damas y caballeros!

Dejo de resistirme:
cierro los ojos para sentir,
en el centro mismo del lastre que me ahoga,
la ligereza.

Desde www.lamiradaoblicua.bitako.com

Me quedan 22 horas para estar camino de Asturias,

conduciendo sin prisas hacia parajes increibles.

En compañía de dos personas estupendas.

El aire corrompiendo mis sueños,

el mar abrigando mi cuerpo.



Diálogos de cine

Estoy pensado en lo feliz que me hiciste la primera vez me di cuenta de que me querías.
Me lo decían tus ojos,
aún hoy me lo siguen diciendo.

Una historia de violencia.