La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

El mensaje sigue en una botella

Ella lo había visto ya en numerosas ocasiones. Le había parecido un chaval interesante. La forma en la que hablaba y la cadencia de sus palabras dejaban entrever demasiado hastío vital. Ella no podía olvidar esa mirada en la que el futuro parecía hacer aguas y el pasado era un muñeco de trapo.
Un día escuchó una canción, le trajo su silueta a la cabeza. Tenía su número de teléfono y pensó en mandarle un mensaje desde el móvil, pero sería demasiado obvio. Ella sólo quería provocar una pequeña sonrisa en la cara de aquel niño con cuerpo delicioso y una pregunta en tan linda cabeza.
Se acercó a una cabina, sabía que desde ellas se podían mandar mensajes y el anonimato, convertía el acto en algo mucho más intrigante. Se dispuso a hacerlo. Estaba tecleando ese número que ya se sabía de memoria... se frenó y colgó.
Era una mala idea, aquello no le traería más que problemas. Ella se estaba enamorando pero él no había dado señales de interesarle aquel juego. Así que renunció a hacer nada original y siguió caminando hacia la calle Alcalá.
Acostumbrarse era comenzar a morir y desacostumbrarse servir la muerte en bandeja.
La vida que es caprichosa y no deja que nos habituemos a nada, hizo, casualmente, que él tuviera que irse a vivir a Londrés y perdieron el contacto. Dado que no compartían una relación de amistad era normal.

A veces, se acuerdan el uno del otro. Ella se cuestiona qué hubiera pasado con su vida si le hubiera mandado aquel mensaje. Él no se pregunta por aquel mensaje, no sabe nada de este extraño episodio. Las preguntas de este chico son un secreto para ella, pero si las escuchara, seguro que ella lo celebraba con una caña.

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