La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

A la persona que enseñó a soñar en colores

Fuiste los ojos negros con los que aprendí a mirar el mundo, lleno de heridas sangrantes que juntos disfrazábamos de ilusiones dibujadas por la noche en nuestras pieles.
Eterno y fiel compañero del más pasional de los juegos. Detractor del gris, aburrido y nostálgico. Amante disonante con caricias delicadas y besos sólidos.
Tu voz en mi recuerdo es mi consuelo para el frío que combato con el miedo de testigo.

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