La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Nosotros y la revolución

Llegué del trabajo cansada, pero nunca derrotada. Mientras preparábamos una estupenda ensalada para compartir, tú me contabas los secretos de tu día. Adoraba la pasión con que juntabas las piezas de tu rutina. Rutina dormida que contigo se convertía en feroz compás. Luego, conforme yo relataba los combates en lo que me había tocado participar,la risa se iba maquillando con ternura. Te acercaste, me abrazaste y me susurraste al oído:
- Vaya dos rebeldes ilusos que estamos hechos.
Yo te devolví, con la misma picardía, la invitación a reirnos de nosotros mismos.
- Ilusos no, ilusionados.
Y así, hasta entre nosotros entrenados del mismo modo, nacían también constantes estampidas de guerra y evolución.
Durante la cena, empezamos a explorar la inquietud de los cuerpos. Tuvimos suerte, la ensalada no se enfría. No es un dato relevante porque tampoco la acabamos. Yo decidí no volver al salón, no quería renunciar al calor de las sábanas y los besos articulados. Tú, más manso con la obligación, recogiste e salón y la cocina. Después no desperdiciaste ni un segundo y volviste al recreo.

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