Tuve que caer para levantarme con más fuerzas y más sueños. Tuve que caer y romperme las piernas para aprender a caminar de nuevo. Lloré, grité, me escocía la vida por dentro, tanto que se formaban llagas y sangraban.
En el momento pensé que el dolor me iba a exprimir, que me quedaría vacía, que nunca más disfrutaría del viento acariciándome la cara.
Los días transcurrían lentamente y mataba el tiempo para suicidar los recuerdos.
Sin embargo, me empeñé en reinventarme más linda, más hermosa, más dichosa. Trabajé para volver a creer en mí, me esforcé para subrayar mis virtudes y aprender de los errores del pasado. Estuve conociendo mis fallos para comprenderlos e intentar superarlos. Estuve enfrentándome a mis miedos para que nunca más frenaran mis pasos. Bailé, caminé, reí, me cuidé, me salvé a mí misma, sin más pretensiones, sin retos fútiles. Primero tenía que completarme a mí, quizás luego volviera a sentir mariposas en mi estómago. Me ocupé de mí, como nunca antes lo había hecho.
Y me reinventé cargada de inquietudes, de sueños, con las piernas más fuertes que nunca, con el corazón renovado para amar generosamente, porque me sentía conforme con quien era y sabía en qué tenía que poner mis energías.