La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.
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Reflexiones inadecuadas e incómodas

Ves una foto y de repente la cabeza se llena de pensamientos con los que te cuestionas los últimos años de tu vida. ¿Salgo ganando o perdiendo? Sinceramente no lo sé, no siempre existe una respuesta instantánea y adecuada para esa pregunta.

Observo una foto y me paro en mi sonrisa, era diferente, quizás más sincera, quizás con menos miedos. Tal vez me había llevado menos decepciones y, quieras o no quieras, las decepciones tiran de las comisuras de los labios hacia abajo, hacia muy abajo.

Luego, uno se detiene en la mirada. Los momentos amargos han enturbiado mis ojos y ya no siempre son capaces de vislumbrar mis sueños pero... ¿Por qué hubo un tiempo en que me creía capaz de alcanzarlos, de afrontarlos y de superarlo todo? Segumente, la juventud, vamos la inocencia. Luego ya llega el tiempo y unos cuantos golpes que te restan tantas fuerzas y energía que te conformas con respirar cada día y llegar a casa sin haberte tirado por un puente.

Porque no escribo

Últimamente parece ser que la gente que me aprecia se está preguntando a qué se debe que no escriba. No busquen extrañas explicaciones, sencillamente es que no tengo tiempo. Bueno, quizás, sería más correcto decir que el poco tiempo del que dispongo lo prefiero invertir en asuntos más interesantes: amigos, familia, ocio, cariño, abrazos, apoyos, etc.
La verdad es que en el gabinete estamos a tope. Mi jefe y yo a un ritmo de dos valoraciones semanales, más nuestros pacientes. Todo esto implica unas 46 horas semanales de trabajo. Las pocas mañanas que tengo libres las ocupo en tareas domésticas, tranquilos paseos e informarme sobre diferentes cosas que quiero iniciar. Sin olvidar, la búsqueda de casa que también lleva su tiempo.
En conclusión que no dispongo ni de un segundo para sentarme tranquilamente y disfrutar de la escritura como se merece. Pero no se impacienten, que volveré a caminar entre palabras.