La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Ahora besos arañados y abrazos enquistados

Eternas e imborrables las huellas que tus zapatos, gastados y embarrados, dejaron en mi cuerpo. Y eso que yo, no hago más que frotarme enérgicamente con un cepillo de púas. Tanto apretar que tengo la piel llena de arañazos y cicatrices. Y me frustro y lloro porque no hay modo de borrarte.
El agua se mezcla con mis lágrimas, para brindarme en bandeja el dolor y la derrota.
Pero no cesaré,
pero no me rendiré,
pero no pararé,
pero no... lograré nada.

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