De un color añil (me da miedo decir morado),
se tiñieron mis labios
la última noche que me besaste.
Desde entonces no hay manera de que vuelvan a entrar en calor.
Ahora
agrietados,
despedazados.
Duelen al hablar.
Más duelen al besar,
porque regalar besos inanes
impone fecha de caducidad al organismo.
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