Podía leerse en el ambiente que esa noche no íbamos a dormir solos. Tú llevabas varias horas observando como yo jugaba con mis amigas al mus. Los últimos órdagos yo ya no los echaba pensando en mis cartas. Sonreía, te reías.
Mis acompañantes decidieron que aquel bar nos llevaba por la mala vida y que era momento de irnos a bailar. Nos levantamos de la mesa que ocupábamos.
Sabías entender el lenguaje corporal a la perfección. Así que te acercaste y me retaste a una partida de ajedrez. Recuerdo la cara de mis amigas ante aquella proposición. Ella no se habían dado cuenta de nada en aquella velada. Acepté encantada, aunque me vi obligada a echar a mis amigas del local pues querían sentarse de nuevo para ver la partida. Les invité a irse, yo ya las alcanzaría más tarde.
Jugamos nuestra partida de ajedrez, otra de dominó y alguna más al intelec. Nos retamos hasta que nos echaron del bar. En la calle, sin un ápice de cobardía, decidiste pornerme en un brete.
- Te toca elegir. Dejar tiradas a tus amigas o dejarme tirado a mí.
En aquel momento, el miedo sí vino a visitarme. Incluso fue consciente de que mis piernas comenzaron a temblar. Lo notaste por ello decidiste ponerte mi mano en tu corazón. Ahora también yo sabía que aquello era nuevo para ti.
- Vamos a atrevernos ¿No?
Tuve poco tiempo para plantearse cuál sería el siguiente episodio, pero hubiera apostado por que sucedería en tu casa. Sin embargo, me diste una lección en aquel instante: contigo nada sería como yo lo esperase.
- ¿Seguimos disfrutando del juego?
- Sí, por qué no.
- ¿Qué propones?
- ¿Yo? Pensé que ibas a decir algo.
- Lo iba a hacer pero ya que yo he sido el que ha arriesgado con la partida de ajedrez. Me parece que es tu turno para pasar a la acción.
- Karaoke y ahora no puedes negarte.
- Ya pero... yo.... conto fatal.
- Ya tenemos un nuevo juego quién de los dos cantará peor.
Nos fuimos corriendo, acababa de empezar a llover, a uno de los karaokes más cercanos. Tuvimos que esperar en la puerta. Primero porque estaba lleno, luego porque estábamos, en opinión del puerta, demasiado mojados para cantar nada. Esperamos pacientemente, compartiendo anécdotas de días de lluvía. En esa prueba me concediste el primer premio. Comentaste que nunca antes habías conocidos a una persona que se hubiera caído entera en un charco al correr para coger el autobús, y encima, no le hubieran dejado subir. Al cabo de una hora, nos permitieron la entrada.
Decidimos que tú cantabas peor, no porque afinaras menos, en ese estábamos empatados, sino porque yo al menos bailaba mejor por lo que algo más de gracia tenía en aquel escenario patético y hortera.
Después nos dirigimos al bingo. Aquella cena difícilmente la olvidemos en la vida.
Nos pasamos la noche corriendo aventuras. Haciendo que las calles de Madrid fueran parte de nuestro sueño y sin dormir solos, más bien, sin dormir.
A las 7 y media de la mañana te convencí para ir a la estación de Atocha. No tenías ni idea de a donde te llevaba pero costó poco verte involucrado en mi locura.
Segovia fue nuestro destino. Segovia una estupenda parrillada y el páramo donde echarnos la siesta. Nos hacía mucha gracia la forma en la que la gente nos miraba.
A las 9 de la noche volvimos para Madrid. Habíamos dispuesto de mucho tiempo para compartir derechos y deberes por lo que tú ya sabías que yo tenía que levantarme a las 7 al día siguiente. Por ello, te ofreciste para acompañarme a casa. Yo quise quitarte esa idea de la cabeza, no era justo, yo ya sabía que vivías en Delicias. No hubo forma de convencerte y nos encaminamos, de la mano, hacia la zona en la que se sitúa mi domicilio.
Nos despedimos en la puerta, sin intercambiar números de teléfonos. Pensamos que otro encuentro inesperado era la mejor forma de proseguir con aquella historia.
Yo, en el ascensor, pensaba en ti encaminándote de nuevo hacia el metro. Entré en mi casa y me asomé a la ventana. Seguías en el portal.
- ¿Qué haces aún ahí?.- Pregunté.
- Provocar otro encuentro inesperado.
Me acerqué al telefonillo y te abrí la puerta.
Desde entonces inesperadamente tu sonrisa es la que me da los buenos días todas las mañanas. Inesperadamente somos dos amantes y dos amigos que los domingos se recorren el rastro en solitario para encontrarse fingiéndose desconocidos.
4 comentarios:
Si hubiera más personas dispuestas a estos amores locos el mundo sería un lugar mucho mejor, no me cabe la menor duda.
Estoy completamente de acuerdo, como casi siempre.
He decidido leyendote...que a partir de hoy,voy a dejarme llevar...vivan las sorpresas y las casualidades..un abrazoooo
¡Me alegro! Gracias por pasarte por acá y leerme con atención.
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