La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

El regalo de la niña buena

Recuerdo con ilusión el día de Nochebuena. Cuando era pequeña en mi casa yo no tenía Papá Noel, mi madre decía que esa tradición no era nuestra (¿Y los Reyes sí?, mi madre y sus contradicciones). Sin embargo en la empresa donde trabaja mi padre sí que me dejaba algo. Algo sorprendente, de lo que nunca yo tenía ni la más mínica pista. Por eso aquel regalo se convertía en el mejor regalo de Navidad: en el más valioso y en el más preciado.

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