Suéltate el pelo, que los mechones recogidos no son más que la jaula en la que la sociedad te secuestra. Desmaquíllate, esa capa de suciedad es solamente el disfraz con el que intentas acudir al baile más macabro y caníval.
Uñas pintadas por ese esmalte hecho a base de llanto humano, lágrimas que se derraman, no al morir, sino al no andar contracorriente, al dejarnos llevar por el cauce sombrío y monótono de la nada. Casas de cartón que soñamos mármol, oro que miente pues es sólo carbón y personas que cual robots viven creyendo que las tuercas son sueños.
Zapatillas con cordones con las que conquistas el barro, esos cordones no son más que sogas estragulando tu futuro, los días que quizás nunca llegarán al chocarse contra el muro de la realidad formado por las vísceras vomitadas en tu piel.
Tu piel, roída, destruyéndose con cada uno de los insultos que la vida pronuncia sobre ti: cobarde, traidora, extraña, ... cada palabra una puñalada que no te mata pero con la que pierdes sangre que era de él.
Él que era tuyo y ahora es del mundo. Él que vivía de sus suñeos y ahora sólo es pan. Él que bebía tu veneno y ahora se conforma con el agua.
Él que ya no es él, es otro.
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