La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Sonrisas salvajes y sangrientas

Llorar, llorar de alegría hasta que casi se te desgasten los ojos, que se desprendan las pupilas y te encuentres de frente con tu solitaria sonrisa. Esa sonrisa excesivamente usada que a veces se estira tanto que llega a amoratarte las mejillas.
No hay palabras para enfrentarse a este sentimiento.

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