LOS LABIOS
DE CARAMELO
- Hemos quedado. Me dijiste nada más entrar en casa, a la vuelta del trabajo.
- ¿A qué hora? Pregunté sobresaltada. Yo me había puesto el pijama nada más llegar para acomodarme en el sillón pues desconocía los planes que me esperaban.
- La cita es a las diez y media. Vas a conocer a la que será mi próxima novia.
Evidentemente no comprendía nada, pero me había acostumbrado a no hacer preguntas, así que me dispuse a vestirme. Me situé delante de mi armario y observé atentamente mi ropa. ¿Cuál era el mejor atuendo para un nuevo encuentro de ese estilo? Decidí ponerme un vestido sencillo, sin pretensiones. Pero un vestido al fin y al cabo, con la espalda despejada, aunque no se me veían las heridas que tenía a la altura de sacro. Tomé la ropa y me introduje en el baño. En ese mismo instante te escuché protestar.
- Con lo poco que sueles tardar en arreglarte, hoy te has propuesto que lleguemos tarde.
Miré el reloj del salón y marcaba las nueve de la noche. Preferí no darte una razón para tener un desencuentro y continué con mi labor.
En la ducha, en ese espacio cuadrado donde se derramaba el agua, estallé y lloré como hacia años no lo hacía. Llevaba muchos meses, esquivando tensiones y malos momentos, sólo porque me había prometido a mí misma que iba a hacer feliz a aquel hombre que ahora me esperaba con malas formas en el salón. Pero ¿Y mi felicidad dónde la había abandonado? Me fijé en los moretones de los muslos, en los arañazos de la tripa. Todos esos rasguños frutos del amor, de las noches de pasión. Pero dolían igual. Nunca me había pegado, pero por qué siempre que follábamos yo acababa magullada.
De repente oí que la puerta del baño se abría y entraste tú, en ese espacio que ahora estaba sirviendo como alivio para mis penas.
- Hola. Dijiste. Quería verte desnuda. Tu desnudo me encanta, tienes las formas perfectas del deseo.
No supe qué responder a eso. Sabía que en el fondo entrabas para que acelerara mis movimientos y acabara lo antes posible con el ritual. Abrí la mampara y te pedí la toalla. Negaste con la cabeza, estabas sentado en ella. Salí de la ducha, empapándolo todo y te pusiste de pie, querías abrazarme.
- Te vas a llenar de agua-.
- No importa, yo me voy a cambiar ahora también. No pensarías que iba a ir con la misma ropa con la que he estado trabajando todo el día. Rebeca tengo que conquistarla esta noche.
No lancé mis conclusiones. Me limité a ofrecerte un gesto de comprensión con la cabeza. La verdad es que sí había llegado a la conclusión de que tú ibas a ir con la misma indumentaria. Siempre que nos teníamos que preparar los dos, tú comenzabas primero porque necesitabas más tiempo. Este pensamiento se produjo a la par que tu abrazo. Tus abrazos me calmaban más que tus besos. Quizás no me calmasen, se limitaban a volver a apagar los gritos que resonaban en mi cuerpo.
Nos separamos y me encaminé al dormitorio. Tomaste asiento en la cama. No hacían falta las palabras. Yo era un cuerpo del que no podías desengancharte, de momento. Me mirabas, me estudiabas, siempre aparecía un nuevo pliegue que te resultaba más atractivo que el anterior.
Te aprendiste de memoria los movimientos que hacían mis bragas mientras se deslizaban por mis muslos y se encaminaban a mis caderas. Luego sólo cayó en mi cuerpo el vestido.
- No me gusta ese vestido, ya sabes que no me gustan los escotes. Emitiste con una voz más grave de lo habitual.
- No me gustan las infidelidades. Te respondí temblorosa, hacía un buen rato que no decía nada y las palabras se agolpaban nerviosas en mi garganta.
- Dijiste que nada de mentiras, eso hago.
- Dije que nada de mentiras ni actos cobardes. Déjame si no me quieres pero no me hagas volver a pasar por esta humillación.
- Yo te quiero, eres mi mejor amiga, has estado conmigo en todos los acontecimientos significativos de mi vida. Me has apoyado en cada uno de los momentos en que he necesitado una caricia o un abrazo. Nunca me has fallado, no me falles ahora y no empieces con tus reproches.
- Vale. Obedeceré pero no me voy a cambiar el vestido. Me siento bien con él.
- Si y las putas también con sus disfraces horteras. Al menos ponte sujetador.
- No me voy a poner sujetador, ni soy una puta. Aunque a veces me trates como tal.
Fui directa al baño. Me recogí el pelo, con un pasador sencillo, me dejaba la cara despejada, no exigía mucho trabajo y era elegante. Me pinté los labios de un color suave y salí del baño.
Tú aún estabas vestido como te había dejado, me di cuenta que me iba a tocar esperar un buen rato. Te acercaste y me besaste.
- Sabes a caramelo.
- Será el pintalabios que he utilizado.
- ¿Te has maquillado?
- No. No porque no te gusté a ti, sino porque yo no me encuentro cómoda con esas cosas en la cara. ¿Te enteras? Dije enrabietada.
- Me entero.
Y me volviste a besar. Y me tomaste de las manos y me fuiste conduciendo de nuevo al dormitorio.
- Voy a hacer lo que he estado deseando hacer desde que he entrado en el baño a observarte. Me susurraste.
- Llegaremos tarde a tu cita. Acerté a decir entre dientes.
- No me importa.
Y me hiciste el amor dos veces. Entre medias habías osado a mandar un mensaje: “Lo siento, no puedo ir a la cena. Se me había olvidado que tenía que cenar con mi madre para arreglarle una cosa”. Otra de esas citas extrañas a la que no acudíamos. Otra de esas noches en las que al final permanecías a mi lado.
Por la mañana, aún medio adormilados, me dijiste:
- Rebeca, cuando me dejes quiero que me hagas un favor. Dime que me dejas porque no me quieres, nunca aludas a mis sentimientos.
- De acuerdo.
Y sin saber de donde había sacado las fuerzas, pronuncié las palabras más acertadas de mi vida.
- Paris, voy a recoger mis cosas y me voy de casa, para siempre. Me voy, me voy. Ya no te quiero. Te quise hace mucho tiempo, te amé, te admiré y me empeñé en cuidarte. Pero mi amor no puede basarse en la dependencia. Ya no te quiero.
- Pero yo si te quiero, Rebeca.
- Lo sé. Te besé en la frente. Y deseé hacerte el amor por última vez. Pero no era el momento, aquello hubiera retrasado más mi huída.
- Rebeca, dijimos que no valían las mentiras, así que no digas que no me quieres.
- Paris, ya sabes que yo no miento.
Te sentaste en el borde de la cama y te echaste a llorar. No quise acercarme y calmarte porque no era esa mi función ya, ni debería haberla sido nunca. Comencé a guardar mis cosas en las bolsas que teníamos de una afamada tienda de muebles.
- Ahora me llevaré todo lo que pueda, lo demás vendré una mañana mientras que estés trabajando para evitar encuentros complicados. Dejaré la llave en el buzón.
Me fui acercando hacia la puerta, tus pies no me seguían.
- Espera, que mando un mensaje y te despido.
Te habías repuesto rápidamente. Yo sabía a quien le mandabas ese mensaje pero ya todo daba igual.
Nuevos aires:
Al cabo de un par de días, Rebeca volvió a por su cosas. La casa estaba vacía y en penumbras. Decidió esperarle con el cuchillo de cocina en la mano. Cuando entró, lo tomo por la empuñadura y se lo clavó.
En mis labios había caramelos, siempre,
no sólo cuando me los pintaba.
El secreto estaba en saber paladear
cada uno de los bocados que te ofrecí.
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