a veces cuando nos ama el príncipe adecuado nos convertimos en princesas.
Otras, las más, cuando nos besan ogros desdibujados nos transformamos en renacuajos.
La verdad es que nunca ansié ser princesa. Siempre con esos vestidos tan
grandes e incómodos, que si maquillarse, que si ponte mona que vienen a ver
cuánto vales para cambiarte por un terrenito. Que no, que me gustan más los
renacuajos que nadan libremente por esa charca llena algas, ramitas,
piedrecitas.
No hay comentarios:
Publicar un comentario