Volar,
alcanzar altas cumbres, sudorosas y bellas.
Rozar con la punta de los dedos el perfil dilatado de tus labios.
Perderse en calles angostas que desembocan en tu piel.
Y clamar porque tus brazos me aprieten hasta desquebrajar mi alma.
Sentir que mis calles comparten acerca con tus avenidas, que no caminas un paso por detrás por miedo a estar a mi lado sino para verme el culo.
De pequeña me encantaba jugar al lego. Piezas y piezas para construir todo aquello que se me pasaba por la cabeza. Ahora ando sin ideas, la creatividad se ha visto vencida por el hastío.
Dentro del cubo de lego con el que ahora intento entretenerme hay piezas informes que no sé donde ubicar. Piezas que cuando las toco pinchan, se me clavan pequeñas astillas. Me dicen que las tire que no sirven para edificar nada pero yo me niego. Me planteo si no se podrá hacer algo con una lima, un pequeño martillo y algo más.

El cubo ya me lo compré defectuoso. Tuve otro en verano pero desapareció. Y este nuevo, con fallos desde el mismo día que salió de la galería comercial no sé si tirarlo a la basura, quedármelo o qué. ¿Qué harías? No olvidemos que puedo deshacerme sólo de las pequeñas piezas estropeadas. Para esta última labor necesito de otras manos que me ayuden a seleccionar lo que vale y lo que no. Que se vean con fuerzas y paciencia para hacer esta búsqueda conmigo. Con los niños la paciencia es súmamente importante.
Nadie tiene porqué jugar al lego conmigo si no quiere. De pequeña se me daba de lujo jugar sola. Aunque ahora tengo claro que sí quiero un compañero de juegos, aguantaré lo que me toque. Para jugar sí me pondré mi vestido de flores.
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