Hasta que no tenemos una conversación de cierto tipo
—digamos de un tipo diferente a los saludos rituales
y alguna pregunta
educadísima
que, por supuesto, no espera respuesta—,
hasta que no
estamos con alguien que nos escucha con atención
—que no huye de nosotros
ocultándose entre
todos esos lugares comunes, por ejemplo—
no
descubrimos lo solos
que habíamos estado sin saberlo.
Hasta que no
oímos esa música que nos conmueve
—digamos a ritmo de vals, una voz blanca
de inverosímil dulzura
y esos acordes anhelantes de séptima—,
hasta que no vemos esa película
—de amores desgraciados y tristes
y un final que es como una puñalada, por ejemplo—
no descubrimos
todas las lágrimas
que teníamos guardadas sin saberlo.
Es mejor no
esperar nada:
que la decepción no reabra las heridas
que teníamos sin
curar del todo sin saberlo
Robado de mi blog favorito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario