La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

¡Ojalá hubiera sueños que no pudiera recordar!

Estaba pensando en contarme que me apena, que hace que ya no sonría con la vitalidad de hace tiempo. Sopesé la idea de coger el teléfono y comentarme la tempestad que me arrasa cada vez que acaricio su nombre. Luego acerté a recordar que esa batalla no me interesa, la tengo perdida. Soy uno de los cadáveres que quedaron tiramos en la falta de la montaña. No me importa. Esa pérdida no me duele. No es la razón de mi dolor. Ni diciembre, ni junio están entre las fechas que se clavan en mi interior y me impiden respirar.
El día maldito aparece en la hoja de febrero. Aquella jornada cometí el mayor error de mi vida. Yo creí en quien nunca debí hacerlo. Y yo creí. Nadie me obligó a creer, pero creí y me perdí.

¿Saben?

No puedo explicarlo, pero fui un fantasma, un títere que sólo sacan a que se airee los días festivos. Viví a su lado sin poder vivir, morí a su lado pensando que vivía. Yo estaba pero no constaba, para nada, para nadie. Era el vacío convertido en un cuerpo que concede deseos y placeres.
9 meses de embarazo para gestar sólo repugnancia hacia mi persona y el pasado que no había disfrutado. No estaba a punto para todos esos arañazos y mordiscos. Pensé que mi fortaleza no se vería mermada por esos golpes, pero ni entonces ni ahora he dejado de sentir dolor.
Me borré, me borraron y tengo la extraña sensación de no sentirme completamente viva desde entonces.
Hay noches que sueño que vuelvo a aquel diciembre del año 2005. Vuelvo a ese tiempo y a mis días eternos, a mis fantasías coloreadas noche y días. Yo me gustaba muchos más en aquellas fechas. Llevaba muchos menos pesares. Ojalá pudiera disponer del tiempo a mi antojo y hacer con él lo que me diera la real gana.
¡Mierda, borraría dos años de mi vida de un plumazo!
Hoy, quizás menos estúpida, tengo claro lo que no haría.
Lo peor es saber que la única culpable fui yo.
Hoy me desperté sabiendo que había soñado con mi pasado. Con esa historia lejana de mi cuerpo y mis ansias infinitas por no rendime. Antes nunca me sentía débil y convaleciente. Desde aquel tiempo en que empecé a pudrirme, lo único que he sabido hacer es rendirme.
¡Ojalá hubiera sueños que no pudiera recordar!

No me quejo pero recuerdo que antes era mucho más feliz.
Lo siento,
hay días que estoy
realmente mal,
hay días que estoy
extrañamente bien
(como dice Ariel Rot).
Hay días que siento que perdí,
que puse en juego demasiado
y olvidé
que lo realmente valioso
ya lo tenía entre las manos.

Y es que no hay nada más triste que recordar los sueños del pasado,
para comprobar qué poco se cumplió de lo que habíamos soñado.
(También de Ariel, claro).

No hay comentarios: