Hoy, sin saber qué motivaciones me lanzaron a ello, volví a coger entre mis manos aquel libro que me lanzo a cuestionarme cada uno de los pasos que doy y a no querer conformarme con la vida que me regalan, blanda y gris. Quizás venía algo decepcionada con el mundo. Tengo demasiadas preguntas que nadie osa contentas, tengo inquietudes en el alma y cerrojos para la rabia.
Mi madre no necesita que le cuente como me siento. Le basta con mirarme a los ojos, si están apagados ella lo siente. Por ello hoy, mi madre se acercó y, sonriendo, me empezó a hablar de cuando yo era una enana inquieta y curiosa, a veces demasiado pesada, que no podía parar de preguntar. Me ha contado que siempre se iban a la cama agotados.
Recuerdo aquellos viajes imagunarios que me hacía con mi padre. Aquellos extraños juegos me hicieron interesarme por la geografía, sin duda y, en parte, me convirtieron en una soñadora empedernida. Disfrutaba jugando a los disfraces, fui mil personajes. No me gustaban las muñecas, aunque alguna tenía. A mí lo que me viciaba era el lego, el monopoly, el hundirla flota, el cluedo, etc.
La mayoría de los recuerdos que tienen que ver conmigo, mi madre los asocia ineludíblemente a un bolígrafo y a un cuaderno. Siempre garabateando y haciendo letras. Soñando que hacía obras de teatro. Mi madre recuerda entre risas, el día que cogí las páginas amarillas para llamar a Buero Vallejo y claro que llamé. Recuerdos de una niña de 10 años deseosa de conocer a Carmen Martín Gaite.
Luego, el capricho de tener una grabadora (capricho que mis padres no entendieron) para guardar todos los pensamientos y las ocurrencias que se me pasaran por la cabeza.
Yo y mi sueño de tener una librería y una papelería.
Yo y mis regalos caseros para fechas especiales, siempre mejor hacerlos que comprarlos.
Mi madre me mira y me comenta que si me pusiera aquellas dos coletas que solía llevar soy la misma niña preguntona e hiperactiva que era con 4 años.
Después no sé por qué le he soltado a mi madre que añoro la presencia de mi abuela y a mi abuelo . Mi abuela murió cuando yo tenía dos años. Sé que no es una tragedia pero mi madre me ha narrado tantas cosas de ellas, de cómo sacó adelante a sus hijos con un marido enfermo durante 12 años, de cómo me quería y me cuidaba durante esos dos años que estuvimos juntas. No sé, pienso en ella y en esos mimos (los de las abuelas) que yo tanto he echado en falta. A mi abuelo ni le conocí. Mi madre siempre dice que nos hubiéramos llevado bien. Era un hombre inquieto, lector empedernido y socialmente activo. ¡Hubiera aprendido tanto de él!
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