La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Nunca se me dieron bien las relaciones largas

Nuestra historia de amor comenzó hace tres años y once meses. Un día cualquiera, de un gélido mes de diciembre. Ese año el otoño era otoño, sin moscas y con hojas asfaltando los adoquines de las calles.

Habíamos vivido intensas cosas en poco tiempo. Él le imprimía a todo un ritmo atropellado, como si supiera que tenía fecha de caducidad tanto su vida como nuestro amor.

Desde el primer día que le conocí, me llamó la atención su mirada apagada, sus ojos inertes. Dicen que los enamorados irradian brillitos de colores, él nunca tuvo esos fogonazos de pasión. No me molesté, ni dudé de su amor, cada uno vive las sensaciones como puede o quiere. Tenía otros innumerables detalles que dejaban constancia de la sinceridad de sus sentimientos.

A pesar de que me sentía afortunada por ser parte de esta historia, frecuentemente teníamos discusiones producto de su falta de empatía. Yo, a veces, incluso pensaba que rozaba lo patológico. Luego le restaba importancia, él equilibraba la balanza ya que a mí me sobraba.

Hace un mes, fui directa al salón nada más llegar de comprar el periódico y el pan. En el sofá estaba él con la piernas cruzadas. Ya se había levantado, ya había hecho el café. Yo traía churros. Teníamos todo para disfrutar de un desayuno perfecto.

Mientras paseaba por la calle Fuencarral, le había dado vueltas a una idea. Seguíamos pagando dos alquileres aunque él pasaba gran parte del tiempo en mi casa. De hecho, no recordaba cuándo dormí sola por última vez. Quizás era el momento de proponerle una locura.

Disfrutábamos de los desayunos, probablemente era la comida que más nos gustaba aunque él odiase que yo me encendiera un cigarrillo y no pudiera desvincular esos dos vicios confesables: café y tabaco. Se comió uno de mis churros pero no me importó, era un placer para mí.

Y solté lo que le llevaba dando vueltas en la cabeza varias jornadas: Lo único que te cambiaría es el domicilio. Él sabía lo que significada decir esa frase, me conocía.

Se echó a llorar. Comenzó a escupir una serie de hechos que yo no comprendía.

Desaparezco en un mes, treinta días y me apago. No soy lo que crees. No soy nada. Nexus 6. Androide. Sabes de lo que te estoy hablando, has visto la película conmigo cientos de veces. Siempre que la veíamos pensé que te ibas a dar cuenta-.

Lo entendí me había enamorado de un replicante. Yo que siempre había querido tener un gato que se llamase Blade Runner, resulta que ahora le podía poner ese apodo a mi novio.

Los replicantes tienen cuatro años de vida operacional, para quienes desconozcan este dato.

Al mes, se apagó. Y yo tengo una estatua nueva en el salón.







No hay comentarios: