La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

En las alas de una mariposa



Un aprendiz de mago encontró un día un hechizo en las alas de una mariposa. O eso al menos creyó que parecía. Como se esperaba de él que fuera un hechicero bueno, no quería aprisionar al pobre insecto. Con su pocas artes creó una copia de fantasía. Es que había seguido el camino de la magia obligado por sus padres, y eso lo hacía mal estudiante. Solo había aprendido un poco, lo poco que que le era útil para conquistar damitas en los festejos del pueblo. A pesar de todo logró una copia casi fiel, solo un poco más brillante: el cuerpo a rayas de oro y de platino, alas de plata en delicada filigrana, y aquí y allá zafiros y rubíes, completando quizás símbolos y runas.
Llevó la joya a sus maestros. Los tres creyeron pretenciosa su obra, pero dos de ellos admiraron a pesar de todo su buen tino. Creían que los dibujos en la mariposa en verdad formaban palabras extrañas. Si era o no un hechizo, no podían decirlo. Si lo era, era nuevo, o al menos desconocido. Y ninguno de los dos, y menos aún el tercero, que solo veía en las alas desvaríos del chico o de la naturaleza, se animaron a ponerle sonido: con la magia no se juega. Quizás estaba más allá de sus poderes.
Se reunieron en concejo apurado con los otros dos magos de la zona, y decidieron enviar en un carro al aprendiz a la ciudad más cercana. Junto a la enjoyada mariposa le dieron una carta, que explicaba la historia y las dudas del quinteto. La destinataria era una bruja retirada, que vivía en el palacete de un conde y tenía contactos con más altas esferas. La vieja, que aún tenía ojos de águila, leyó la carta a la luz tenue de la chimenea. Sonrió con sorna: estos magos de pueblo, qué simpleza y qué descaro. Pero apenas vio la mariposa, abrió los ojos como platos, y llamó a su esposo que, además de esposo, era un buen mago. El hombre no abrió los ojos, sino la boca. Intentó pronunciar las palabras, tan solo comenzó un murmullo, pero un no muy amable golpe le cerró los labios.
La mujer le dijo que era un viejo loco, y con presteza escribió una nueva carta. Metió en una caja la joya y las dos cartas; la suya y la de los magos de pueblo. Después, en un solo movimiento, empujó la caja a los brazos del chico y el chico a la chimenea. El pobre aprendiz cerró los ojos en su asombro y se creyó muerto. Pero el fuego no lo quemó. No sintió calor, sino algo de frío, y sus párpados dejaban pasar tanta luz, y sus oídos tanto sonido, que recordó lecciones olvidadas y supo que solo había sido desplazado. Estaba casi en el medio de un salón imponente, rodeado de bancos de piedra ocupados por magos y brujas con túnicas de telas y colores que jamás había visto, e incluso algunos pocos vestidos de guerreros. Azorado y sin palabras alargó los brazos, y entregó la caja al hechicero más cercano.
El hombre leyó, como era costumbre del lugar, todo en voz alta, y luego en un pesado silencio fueron pasando de mano en mano la pequeña joya. Largas discusiones se sucedieron, y evaluaron con gran cuidado los riesgos. Que qué pasaba si era un hechizo peligroso, qué tal si borraba al mundo, qué tal si desaparecía la magia, qué tal si no era nada y pasaban vergüenza ante los magos del mundo. Al final del día, o al final de la semana, decidieron que nada decidían, y tan solo escribieron otra carta, y otra vez desplazaron al muchacho. Así fue viajando el pobre chico, de concejo en concejo, de carta en carta, hasta que no hubo donde enviarlo, más que al concejo de los magos más sabios, que por esas cosas de la vida eran también los más viejos.
Y el más viejo de los viejos decidió arriesgarse, y ponerle sonido a las palabras. Se desplazó a un valle que más que protegido, estaba encerrado, y el aprendiz y todos los demás (casi todos los de todos los concejos, y la vieja bruja y su esposo viejo, y los cinco magos de pueblo) observaron desde lejos el milagro, temiendo que se transformara en una pesadilla. El gran sabio alzó los brazos tan alto como pudo, y las temidas y desconocidas palabras bailaron en el viento. Una luz cegadora surgió de entre sus dedos.
La luz se apagó, y en su mano apareció una mariposa. Parecía real. Pero era una copia. Una copia casi fiel, solo un poco más brillante: el cuerpo a rayas de oro y de platino, alas de plata en delicada filigrana, y aquí y allá zafiros y rubíes, completando quizás símbolos y runas.

Marina Cuello (texto e imagen)

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