17 de Noviembre de 2006, Chesterfield Café, Madrid.
Hay un grupo de artistas españoles que se mueven en el borde de lo oficial,
tirando al lado bohemio, aunque a veces aparezcan en la otra acera, donde están las
cámaras y luces. Por ese barrio donde todos son poetas y hacen oposiciones a malditos
aparecen con frecuencia Calamaro, Bumbury, Nacho Vegas… y vecinos de esta encrucijada
son LE PUNK, intersección en la que el tequila se mezcla con el tango de olores
balcánicos, hasta que uno ya no sabe de dónde es ni le importa lo más mínimo.
Porque la esencia es pasar la noche, siempre la noche, en buena compañía.
Quejarse de los vacíos y sonreírle a la vida. Disfrutar de cada minuto sin olvidar
que en otro lugar un hermano, otro humano, puede estar sufriendo.
Y el concierto de LE PUNK supo a todo esto, a noche canalla en la que se baila,
se ríe y se abraza al amigo de al lado para recordarle que se le aprecia.
El set list de LE PUNK es conocido por todos sus fans. No es muy difícil,
teniendo en cuenta su, de momento, corta trayectoria discográfica.
Así, cuando sonaron los primeros acordes de “La noria”, ya estaba todo ganado:
el personal que llenaba prácticamente la sala sabía las letras y sabía a lo que venía.
“El delito del amor” y “Nacemos solos” sirvieron para calentar más el ambiente,
sin presentación y sin palabras entre temas. Es la actitud del rockerío chuleta,
que obvia los discursos para no aburrir con consignas ya implícitas en sus letras.
Porque luego vino “La lukto esta perdita”, homenaje a ese hermoso sueño
libertario que fue y es el esperanto.
Con “Veneno” volvimos a escuchar ese son tanguero de resonancias a lo Goran Bregovich,
si bien la voz de Alfredo Fernández estuviera un tanto tapada por un sonido que
en todo el concierto no llegó a alcanzar el nivel que el grupo se merecía.
Esto lo confirmamos con “La virgen de la soledad”, en cuyo solo de guitarra a
cargo de Joe Eceiza los sonidos se hicieron turbios, impidiendo diferenciar
instrumentos. Y es que, aunque LE PUNK no sean virtuosos intérpretes, funcionan
muy bien en directo. Son divertidos y cercanos. Hablan con el público como si nos
conocieran a todos, preguntan si ha parecido caro el concierto, bromean.
Y tocan cada canción con pasión.
Así lo hicieron con “Enemigo”, con “El telón” y “Vivir sin recordar” para la que
apareció Xoel, de Deluxe, transmitiendo otra dosis de ese colegueo que se
fragua en los tugurios.
Con “Mimi” vivimos el homenaje al “Minnie the moucher”, coreado por el público como
si estuviéramos en “Granujas a todo ritmo” y con “El basker” el concierto se desmadró
llegando a la mejor parte de la noche, con todos entregados a la juerga en manos
de Ignacio Villamar y su saxo y César Miranda al acordeón, con Alfredo a la mandolina,
que, por cierto, le dio más problemas técnicos que alegrías. “Así me va”, “Sol de
enero” y “Años” sirvieron para cerrar el concierto antes del bis con guiños al
“Baby please don´t go”.
Y llegó el bis, con “La piedra”, “La logia del canalla” y “Ventarrón”,
homenaje a Gardel.
Pero ningún concierto de LE PUNK puede acabar sin el gran himno del último disco
“No disparen al pianista”: sonó, por supuesto, “Compañeros”, con todos abrazados,
mirando al colega de al lado y diciéndole que aunque a veces la vida se pone cuesta
arriba, entre copas de vino podemos ser “compañeros durante quinientos años,
camaradas durante mil años más”. Porque también tenemos sentimientos, qué carajo.
Esta crítica, evidentemente, no es mía.
Es de Hector Checa
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