Los primeros días fueron fascinantes. Pasábamos horas en la cama, acunados bajos nuestras palabras, estudiándonos poco a poco con la mirada. Me conozco de memoria tus gestos, tus curvas, tus arrugas y tus sonrisas. En esos momentos, pensaba que el tiempo se me escapaba de las manos. No me importaba, la vida era fácil, feliz.
Era una sensación grata, como cuando en la playa tomas un puñado de areña y le dejas resbalar entre los dedos de la mano; como cuando una lluvia violenta y salvaje te empapa el cuerpo, todo el cuerpo.
Tiempos pasados que retumban en mis oídos y suenan muy lejanos. Y, a veces, me cuestiono qué parte de lo que viví junto a ti, mi compañero, fue ficción y que le queda a la realidad.
Ahora, si bien no compartimos sonrisas en la cama, esas preguntas me atormentan del mismo modo.
Lamento que hayamos pisoteado todos los recuerdos, que nos hayamos robado ese tiempo, sucumbiodo en el atavismo, lleno de costumbres sencillas pero vivaces.
¿Y ahora qué mentiras disfrazamos de verdad? ¿Cuántas de tus palabras tengo que dejar en la puerta de atrás porque no son más que amalgamas de sonidos sin sentido?
No deseo vivir de ese modo, pensando que quizás si me caigo y me agarro a tu brazo se desmonte y me quede con él en la mano porque eso también sea de broma; o que tal vez las flaquezas que te cuento, los dolores que te narro sean cebo para futuras traiciones.
Necesito una máquina del tiempo, para avanzar por las baldosas del futuro y observar qué me espera si me quedo a tu lado.
Recuerdo nuestro primer beso, cuando tu boca buscó la mía, comencé a vibrar de placer como tú. Y no hubo en nuestro beso remordimiento ni vergüenza, sólo una profunda ambición, salpicada de susurros. Notaba que me asaltaba una felicidad plena, una despreocupación perfecta.
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