La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

mis lágrimas no reprochaban nada, sólo lamentaban no sanar

Ayer me preocupé mucho. Era extraño saber que te estabas sintiendo mal y no ser capaz de hacer nada para ayudarte. La cabeza, qué extraña.
Se me hacía imposible contener las lágrimas, un poco por la impotencia de no tener la medicina que apague esos dolores. Lo siento.
Te hacía compañía, pero me parecía tan inservible en esos momentos.
Me gustaría pensar que no te vas a volver a sentir así de mal o que al menos yo podré hacer algo más que abrazarte fuerte.
No sé, es raro, no soy curandera pero me encantaría.

1 comentario:

Rafael García Librán dijo...

No hay solución contra esta aflicción. Vine al mundo con una tara lacerante y lo llevo lo más estóicamente posible. Hasta ahora, poco a poco, los dolores iban remitiendo y siendo más distanciados en el tiempo.

Espero que lo de ayer sea más un hecho puntual que una cota de inflexión. En cualquier caso, lo que tenga que venir, vendrá. Yo no lo hago del todo bien, pero sí lo voy haciendo mejor. Y tú... me puedes apretar fuerte para que sienta que el mundo sigue a mi alrededor y no se va a escapar la realidad por mi frente. Que todo está bien sujeto y que, poco a poco, volverán los ríos a su cauce y los nociceptores a relajarse.
No podemos construir elucidarios con plantas aromáticas o sanadoras, pero podemos crear instantes de amor para contrarestar el daño que arranca las entrañas. Estar ahí y querer que me ponga bien es lo máximo a lo que puedo aspirar. Lo haces perfecto. Gracias