La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Tierna y dulce historia de amor. Conversaciones semánticamente incomprensibles.

¿Me quieres?
Alfileres.
¿Me ajuntas?
Sacapuntas.
¿Y qué caja?
La que sube y baja.

Una historia de amor cualquiera.
Ella tenía tres años, él veintinueve.
Una terraza, y el sol, testigo de tan dichosa declaración de amor.

Él era mi padre, y yo una niña que soñaba con volar.
Una niña que siempre reclamaba a su padre que le diera vueltas, que le hiciera llegar alto.

Decía: Papá lánzame alto, que toque el techo con la cabeza. (No me hacía caso claro).

Y ahora digo: Papá agárrame fuerte, que no quiero caerme y hacerme daño.

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