Me levanto silenciosamente y abandono tu cuerpo en la cama. No hay despedida, ni alcazas a percibir el frío que empieza a apoderarse de las sábanas, ahora que mi calor ha desertado. Sigues dormido, me asustas con un ronquido.
Te observo durante unos segundos. Me excito con sólo mirarte, una conocida sensación me inunda por dentro.
Respiro profundamente, tengo que coger carrerilla para escapar de esa habitación donde permanece aletargada la pasión, quizás sólo por unos minutos.
Sigilosa camino hacia la puerta. De repente, desde tu alboca, escucho: ¿Dónde vas? Vuelve a la cama.
Y todo mi ejercicio de contención se esfuma.
Tus deseos son órdenes para mí y mis deseos sólo mudas intuiciones que a veces picotean en mi cabeza.
No hay comentarios:
Publicar un comentario