La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Transportes: de mi boca a tu corazón

Una mariposa diminuta aletea
en el vagón de metro.
Miro su vuelo y sonrío.

Otro pasajero la mira,
me mira
y también sonríe.


La mirada oblicua.


¿Quién no ha ido en el metro y se ha encontrado con una de esas sonrisas pasajeras?
Esa que se te escapó hace dos semanas por el duelo que entablaste con un infante de tres tiernos años. Ese día, no había sido una jornada amable. Sin embargo, ese niño tras comprobar varias de las miradas que le rodeaban, decidió apoderarse de la tuya. Te pasaste todo el trayecto que va desde Arturo Soria a Bilbao, redescubriendo que una sonrisa puede sanar todas las heridas del cuerpo.
Y la de hace un par de días, cuando te diste cuenta de que tu compañero de asiento en el vagón, quería leer el libro que tú llevabas entre las manos y decidiste acomodarte un poco mejor para que lo leyera. Y él sonrió y tú sonreíste.
El metro y sus constantes sorpresas y sus eternos descubrimientos.

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