El otro día algunos de los versos de la mirada oblicua me dieron que pensar.
Hay gente que tiene cicatrices y heridas de verdad.
Esas personas están ansiosas de que vayas acercándote a ellas con sigilo y cautela para acariciar esos rasguños. Pero este ansia no les pierde, necesitan de mucho tiempo para dejar que te aproximes a los sufrimientos que desgarran su interior.
Luego, creo, hay otros individuos que sólo se ponen cicatrices y heridas ficticias. Te intentan contar una historia dramática, procurando llamar la atención de tu sensibilidad y así desde el inicio convertirse en protagonistas.
Ahí radica la diferencia, los que guardan en su interior verdadero dolor, prefieren los segundos planos para no encontrar la compasión sino la comprensión. Los que de verdad necesitan una caricia o un abrazo sanador no lo reclaman a gritos, tienen paciencia para que lleguen por su propio pie, para que leas en sus ojos lo que no son capaces de trasmitirte por la boca.
Hoy entiendo esta diferencia, ante la que durante muchos años he estado ciega.
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