Ha pasado mucho tiempo, no mucho pero ya no estamos en abril y tu trono continúa en mi encéfalo. No eres por mucho que yo me empeñe a veces, el chico de los sinsabores o de las desdichas, sino el jovenzuelo de las siete sonrisas diferentes o el príncipe de las noches eternas. Soy sabedora de que en estos instantes, esto es completamente ajeno a tu cabeza pero yo sigo experimentando una felicidad extrema cuando me deleito escribiendo lo que siento hacia ti.
Los poros, esos diminutos agujeros de mi piel se vuelven volcanes (Etnas, Tancítaros, etc.) cuando tú te aproximas. Yo sé que no bebemos de las mismas pasiones (ni bebimos, ni debimos) pero no puedo ser indiferente a los miles de estallidos que se provocan en mi piel, en mis senos y en mi boca. Los tesoros escondidos en la bodega de mi barco sólo los descubriste tú, quizás debiste robarlos para que nadie más tuviera la oportunidad de tenerlos entre las manos.
Ojalá en este tiempo tu dermis se hubiera convertido en estropajo. Pero no ha ocurrido así, sigue siendo el mejor regazo para el descanso del guerrero. Hay ganas en mi cabeza, cuando sé que te voy a ver, de encontrarme con unos labios áridos pero siempre me vuelvo a recrear en una boca caníbal. No es normal que permanezcas eternamente perfecto.
De lo poco que permuta es tu mirada. Hay jornadas en que parece que aunque tuvieras la estrella más fulgurante delante de ti (o tuyo, como prefieras) no la verías. Luego, de repente, tus ojos se llenan de alegría y alumbran más que el Faro de Alejandría. Dudo si alguna vez has observado esa génesis de la dicha en tus pupilas. Es un instante precioso, mágico e incluso irrepetible porque nunca nace la felicidad del mismo modo en esa mirada carnavalesca.
¡Ay! ¿Mi vida volverá a ser mía? ¿Recuperaré la capacidad de emocionarme con algo que no tenga que ver contigo? Creo que si no salgo de este círculo vicioso (¡Cómo me gusta esta palabra!) es porque no deseo hacerlo, es porque prefiero seguir anclada a tu cuerpo humeante y suplicar para que sigas rozándome a penas, aunque sea a la desesperada, aunque sea para sanar heridas que ya no me pertenecen.
Mira no sé si esto lo mantendré dentro de unos años pero normalmente pasar tiempo contigo (entendido como Carpe Diem) es un regalo. Inevitablemente tu presencia me toma la comisura de los labios y me empuja a sonreír tanto que casi me duele la boca.
No se agobien por nada de lo que lean. Yo he hecho la paz con mis sentimientos, no ansío, ni sueño, ni lucho ya por nada. Aprovecho lo que siento cuando lo tengo delante. Soy consciente de que no queda nada entre nosotros y no me machaco pensado en cómo recuperar porque no es ese mi camino tazado. No deseo volver al pasado, sólo comerme el futuro, mi futuro.
Posiblemente, me esté amoldando a la soledad, a esta soledad en la que yazco plácidamente. Abandoné la esperanza de sofás de dos plazas y colchas compartidas. Soy una pesimista realista reeducada. Ahora con hacerte un miligramo de bien con un abrazo, me basta.
Un abrazo, respiren hondo y sean felices, siempre.
Los poros, esos diminutos agujeros de mi piel se vuelven volcanes (Etnas, Tancítaros, etc.) cuando tú te aproximas. Yo sé que no bebemos de las mismas pasiones (ni bebimos, ni debimos) pero no puedo ser indiferente a los miles de estallidos que se provocan en mi piel, en mis senos y en mi boca. Los tesoros escondidos en la bodega de mi barco sólo los descubriste tú, quizás debiste robarlos para que nadie más tuviera la oportunidad de tenerlos entre las manos.
Ojalá en este tiempo tu dermis se hubiera convertido en estropajo. Pero no ha ocurrido así, sigue siendo el mejor regazo para el descanso del guerrero. Hay ganas en mi cabeza, cuando sé que te voy a ver, de encontrarme con unos labios áridos pero siempre me vuelvo a recrear en una boca caníbal. No es normal que permanezcas eternamente perfecto.
De lo poco que permuta es tu mirada. Hay jornadas en que parece que aunque tuvieras la estrella más fulgurante delante de ti (o tuyo, como prefieras) no la verías. Luego, de repente, tus ojos se llenan de alegría y alumbran más que el Faro de Alejandría. Dudo si alguna vez has observado esa génesis de la dicha en tus pupilas. Es un instante precioso, mágico e incluso irrepetible porque nunca nace la felicidad del mismo modo en esa mirada carnavalesca.
¡Ay! ¿Mi vida volverá a ser mía? ¿Recuperaré la capacidad de emocionarme con algo que no tenga que ver contigo? Creo que si no salgo de este círculo vicioso (¡Cómo me gusta esta palabra!) es porque no deseo hacerlo, es porque prefiero seguir anclada a tu cuerpo humeante y suplicar para que sigas rozándome a penas, aunque sea a la desesperada, aunque sea para sanar heridas que ya no me pertenecen.
Mira no sé si esto lo mantendré dentro de unos años pero normalmente pasar tiempo contigo (entendido como Carpe Diem) es un regalo. Inevitablemente tu presencia me toma la comisura de los labios y me empuja a sonreír tanto que casi me duele la boca.
No se agobien por nada de lo que lean. Yo he hecho la paz con mis sentimientos, no ansío, ni sueño, ni lucho ya por nada. Aprovecho lo que siento cuando lo tengo delante. Soy consciente de que no queda nada entre nosotros y no me machaco pensado en cómo recuperar porque no es ese mi camino tazado. No deseo volver al pasado, sólo comerme el futuro, mi futuro.
Posiblemente, me esté amoldando a la soledad, a esta soledad en la que yazco plácidamente. Abandoné la esperanza de sofás de dos plazas y colchas compartidas. Soy una pesimista realista reeducada. Ahora con hacerte un miligramo de bien con un abrazo, me basta.
Un abrazo, respiren hondo y sean felices, siempre.
No hay comentarios:
Publicar un comentario