La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Carta abierta a un caballero: la despedida

No puedes verme la cara, pero tranquilo no estoy triste.
Las cosas hay que empezar a mirarlas con los ojos de la justicia y no con los del cariño.
Nunca se nos has dado muy bien caminar al mismo tiempo,
de hecho, a veces parecía que tú caminabas solo.
Mi presencia molestaba,
ahora más o menos volvemos al mismo punto.
Esta vez no me voy a quedar en segundo plano,
directamente desaparezco.
¿Para qué estar donde realmente no puedo?
Conmigo ya no juegas,
no quiero situaciones casi indignas como antes.
Tú sabrás ante que bretes pones a la gente que quieres.
No, tratas igual a todo el mundo;
yo me llevo la palma en situaciones subrealistas.
¿Sabes? No cuadran las cosas que dices sentir,
con tus comportamientos posteriores.
Esta vez no quiero quedarme en la puerta de atrás,
esperando que cuando quieras me abras.
No quiero salidas a hurtadillas,
ni problemas que no me corresponden.
Con mis amigos no me relaciono así.
A mí no me valen ni mentiras, ni secretos en la amistad.
Te deseo toda la felicidad del mundo,
ansio que vayas logrando las metas que te propones,
poco a poco llegarán tiempos mejores.
Espero que encuentres la compañera que te comprenda y que merezca tu respeto.
No va a haber más lecciones,
ni voy a pedir que me escuches más.
Ayer nos lo dijimos todo.

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