Por ella, sin ella, la vida se me ha hecho un lino. Antes de conocerla, mi existencia era un apretado ovillo de lana: ningún cabo suelto. Hace dos meses, después de aquel fin de semana, se me deshizo la madeja entera, y ahora soy como un largo hilillo desordenado, que se enreda en cualquier esquina, que parece querer atarse a todo, que aspirase a enlazarse, a adquirir forma, que buscase hacerse prenda tricotada, una segunda piel a la medida de quien ya no entra en sus viejos vestidos. Desde que la conocí no me la puedo quitar de la cabeza, y tal vez si lo escribo, si cuento cómo la encontré y la perdí, cómo a pesar de su ausencia la llevo dentro y viaja conmigo podré empezar a tejer mi vida con la conciencia de que vivir no basta y de que hacer punto con la propia biografía implica construcción y movimiento, y lleva a algún lugar.
Mariposas en la nieve. Editorial anagrama.
Tres golpes a la altura de la mandícula.
Cinco patadas en el bajo vientre.
Dos bofetadas, una para cada carrillo.
Un codazo en la tripa.
Un tapaboca en pleno labio.
Un puñetazo en el cuello.
Me rindo.
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