La punta de mi lengua

Lo dejé marchar y no me arrastró.

Dobles

Yo no quería alejarme pero me toco, de nuevo, no pensar en mí y rendirme.
Mi compañero de dobles había dado por perdida la partida mucho antes y a mí ya me quedaban menos fuerzas.
Veía agotamiento en su cara, los músculos ya no le respondían y no quería agravar su sufrimiento aunque supiera que con un poco más de tiempo ganaríamos el partido.
Venía la bola hacía mí podía hacer un buen golpe y empezar a remontar; o bien perder el partido.
Miré a mi izquierda y lo vi a él, que reclamaba ríndete con su mirada.
y fallé pero a mí todavía me quedaban fuerzas para mil sets más.

Entonces recordé sus palabras antes del comienzo del partido. Vamos a perder, decía.
También me vinieron a la memoria las mías.

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